miércoles, 16 de enero de 2013

Otros factores de poder



I
 Sin embargo, y más allá de esto, suelen haber otros factores de poder, que a primera vista parecen no estar relacionados con el dinero. Si volviéramos al ejemplo de la manada, podríamos concluir que el origen de la contienda fue, el derecho a aparearse, y no un bien material. Sin embargo hay que hacer aquí dos salvedades importantes. Primero, el principio de supervivencia del más apto es un concepto racional que propone la supremacía del hombre por el resto de las especies. El hombre posee inteligencia, lo cual lo convierte en el animal más apto para sobrevivir. Sin embargo, antes de alcanzar esta inteligencia racional, éramos animales luchando por la supervivencia. En ese mundo animal, se justificaba el concepto de reservar el apareamiento al macho más fuerte, pues así las crías tendrían mayores posibilidades de sobrevivir. Después de todo, ese animal solo tenía su fuerza para enfrentar a los depredadores que acechaban. Sin embargo, al acceder el hombre a la conciencia racional, su poder dejó de ser su fuerza y pasó a ser su inteligencia. Dentro de este nuevo cuadro de situación, ya no era necesario el apareamiento exclusivo con el más fuerte de la manada, pues un individuo increíblemente más débil, podría ser infinitamente más inteligente, asegurando así la supervivencia de sus crías con mayor eficacia que el primero. Sin embargo la fuerza prevaleció sobre la razón, y el más fuerte, para poder continuar manteniendo su dominio, convirtió a la hembra en una posesión con la cual negociar; lo cual nos lleva al segundo punto: La relación de pareja como una forma de posesión.
 Suena ridículo el plantear que un hombre o una mujer, en el mundo actual, ejerza un poder de posesión sobre el otro, sin embargo las relaciones de pareja se basan en este principio. Un hombre o una mujer sabe, al formar una pareja, que a partir de ese momento es, afectiva y sexualmente hablando, posesión exclusiva del ser amado. Ello no genera mayores conflictos al comienzo de dicha relación, porque acaba de alcanzarse el objeto del deseo, pero suele ser una carga difícil de sobrellevar conforme pasan los años. En general, toda pareja sufre un desgaste con el tiempo que, en algunos casos, puede llevar a uno de sus integrantes a desear la disolución. Más allá del afecto que se halle en juego, las mayores dificultades se presentan cuando el otro integrante, arraigado en la posesión de su cónyuge, olvida el principio de igualdad que los une, y se niega a desprenderse de él. El conflicto resultante se basa en una actitud posesiva. Y una persona solo puede ser posesiva con aquello que considera de su propiedad.
 Si bien el ejemplo está extremadamente simplificado, psicológicamente hablando, es porque la cuestión es mucho más antropológica que psicológica. Si aquel líder primitivo de la manada, en lugar de acaparar para sí las mejores hembras, sometiéndolas y convirtiéndolas en su posesión, hubiese sido consecuente con la evolución de su psiquis; tendría que haber dictaminado la igualdad absoluta y libertad de elección entre hembras y machos. Así, al ser iguales en el derecho de elección, y elegir cada uno con quién aparearse o no, la tensión hubiera disminuido grandemente y, a la postre, la manada se habría convertido en una unidad mucho más armoniosa. Después de todo, la naturaleza humana es polígama y no monógama, como nos han hecho creer por una cuestión mucho más administrativa que moral. (En el reino animal la monogamia se manifiesta en animales que tienen una sola pareja en toda su vida, y si ésta muere, no vuelven a formar una nueva. Cosa que en el desarrollo humano, jamás se dio naturalmente, sino solo por imposición social o dogmática.)
 La posición del cooperativismo en este aspecto (Y vale aclararlo para evitar confusiones, o maliciosas interpretaciones) es que el ser humano debe ser absolutamente libre de formar pareja con quien quiera y por el tiempo que lo desee, sin que ello conduzca a una posesión del otro. La pareja, como toda sociedad, es de común acuerdo, y si bien puede durar toda la vida, también puede diluirse con los años. En toda sociedad entre particulares, cuando aparecen conflictos insoslayables, o una de las partes ya no está de acuerdo con los términos planteados, tiene derecho a desvincularse de ella, sin que el otro pueda argüir derechos de posesión sobre la persona para impedírselo. En una sociedad altamente educada en los principios de cooperación mutua, y sin los conflictos que la economía genera en los individuos, estamos seguros que las parejas serán mucho más estables que en la actualidad; donde la mayor causa de divorcios se producen por infidelidad, o conflictos económicos entre los cónyuges. 

II
 Así mismo, la cuestión energética, es, en la actualidad, la más grande estratagema con que cuentan los poderosos para hacer su voluntad sobre el resto de los hombres. El petróleo, y su no renovabilidad, hace que acapararlo y explotarlo convierta aun hombre común, en alguien con facultad para determinar el destino de una nación, o, incluso, del planeta entero. Ante esto, muchos serán quienes pueden argumentar en contra de la abolición del dinero, por considerar que el verdadero poder esta en otros factores (Y el energético es el ejemplo más encumbrado que puede existir) Sin embargo, aun el petróleo es comprado con dinero, y su sostenimiento a escala global es solo para generar más ingreso de divisas a quienes lo controlan.
 Es cierto que por petróleo se han iniciado guerras terribles, se han colocado y derrocado tanto dictadores como gobiernos democráticos, se ha enviado a miles de jóvenes a morir sin saber por qué, etc. Pero el petróleo, a diferencia de lo que nos han hecho creer, no es quien mueve a la economía, sino que solo es un recurso energético más, y hace más de cincuenta años que es obsoleto. Ocurre que, manteniéndolo, los poderosos encontraron una forma sumamente eficaz para seguir chantajeando al mundo.
 La ciencia, en la actualidad, tiene muchos medios para sustituir al petróleo, y si no se han desarrollado adecuadamente, es por coacción de los grandes intereses internacionales que sostienen y financian a los gobiernos. El petróleo no es más que una vil excusa que han puesto ante nuestros ojos para distraernos (como siempre lo han hecho) de la verdadera raíz del problema mundial. El petróleo, amparado en su utilidad energética, es a esta altura de la evolución humana, otra moneda de cambio, otro papel pintado más, que solo tiene valor porque nosotros se lo damos, y porque nos han convencido que es indispensable e insustituible. Pero la realidad es que, en un mundo cooperativo, donde todos trabajemos por el bienestar del prójimo y no por su dominio, sin el freno que el interés económico le pone a la ciencia, el problema energético no será tal, y su solución se alcanzará, rápida y efectivamente.

III
Otro factor de poder sumamente enquistado en las sociedades humanas desde hace milenios es el religioso. El hombre tiene necesidad de lo espiritual, y eso es un derecho fundamental que no puede serle negado. El ser humano, desde lo evolutivo, creyó en un dios, antes que en sí mismo, y esta es una realidad que no debe ser ignorada o menospreciada en la constitución de una nueva sociedad. La libertad de culto no puede ser negada a ningún hombre, así como ninguna fe en particular, puede arrogarse el derecho de supremacía sobre las otras. Pero, como la historia de la civilización nos enseña que la fe ha sido utilizada una y otra vez para coaccionar las voluntades individuales, o explotar la miseria y desesperación de los otros, habrá sin dudas que tomar recaudos en sus procederes.
 Los líderes religiosos han sabido convencer a sus feligreses, no solo que la fe que profesan es la verdad única y absoluta, sino que también son ellos, sus líderes, los encargados de intermediar entre el pueblo y su dios. Esto, más allá de las implicancias que saltan a la vista, encierra también otras mucho más sutiles. Por ejemplo, la pertenencia a un grupo que es visto discriminado del resto merced a su virtud, genera un sentimiento de hostilidad hacia el resto tanto o más difícil de erradicar que el de la posesión material, y el cooperativismo deberá poner en ello especial atención y cuidado. Un hombre dispuesto a morir por su fe, no solo es más fuerte y peligroso que un hombre dispuesto a morir por un plato de comida, sino que también es mucho más manipulable. Y aunque los hechos de fe aparezcan altamente altruistas y desinteresados, en la realidad ulterior de sus intenciones terminan por no serlo. En las congregaciones religiosas, la corrupción material ha mutado en otro tipo de corrupción, la del ser espiritual; que a los fines de la posesión, es similar. Un fundamentalista que entrega su vida por su causa lo hace convencido en el bien común, pero buscando un bien personal; ser redimido ante su dios y ganar el derecho al paraíso. Pongámosle a ese mismo hombre la opción de no tener que ofrendar su vida para ser salvo, y de seguro no la ofrendará. Es decir, la posesión con la cual comercian las religiones es, precisamente, el paraíso (También aplicable, en otros aspectos, a los reencarnacionistas y otros). El paraíso, o la redención, le pertenece a esa religión en particular, y para obtenerlo hay que obedecer aquello que esa religión en particular nos ordena, ejerciendo así, su poder sobre nosotros. La moneda de cambio utilizada aquí es la salvación o evolución del alma; y a través de ella, los líderes acceden a una moneda de cambio mucho más terrenal, el dinero de sus fieles.
 Pero el problema actual de la fe no es, como nunca lo ha sido, los fieles, sino los dirigentes. Son los dirigentes de la fe, quienes han convertido a la espiritualidad en un bien material con el cual llenar sus bolsillos de billetes. Ya sea por beneficio propio, o de la comunidad a la cual pertenecen, las órdenes religiosas en general, viven de sus fieles y se enriquecen de ellos. Desde el monje que cambia la intermediación ante la deidad por la ofrenda del campesino con la cual ha de alimentarse, hasta el sacerdote rodeado de lujos y objetos de arte en su catedral, todos los líderes religiosos actuales, utilizan la fe como medio de vida u obtención de poder. El cooperativismo, conciente de ello, no propugna la abolición de las religiones ni el descrédito de ellas. Pero tampoco puede permitir el usufructo que hacen unos pocos de la fe de muchos.
 Así, el planteo se presenta simple. Las religiones del mundo, sea cual fuera su denominación y fundamento, no podrán permanecer ajenas a la estructura cooperativista, y deberán adecuar sus funcionamientos administrativos internos, a las doctrinas de cooperación que propugnamos. Ningún hombre, dentro de una orden religiosa, podrá ostentar un cargo que lo eleve sobre otro hombre en representación ante su dios, ni vivir del trabajo de otro hombre para evitar el suyo propio. Un monje, un cura, un rabino, o un pastor; deberán, dentro de la organización cooperativista, atenerse a la formación moral de su credo particular, y al consuelo y auxilio espiritual de su congregación, sin por esto dejar de prestar su contribución laboral al sistema con un oficio que no sea el espiritual, sino de mantenimiento material de la sociedad; quedando su labor eclesiástica, para sus momentos de ocio y esparcimiento, (Ver administración de la fuerza laboral) los cuales, dentro del cooperativismo serán mucho más amplios que actualmente.
 Cuando los líderes religiosos no obtengan réditos materiales de sus cargos clericales, y la educación en la igualdad de todos los hombres sea el bien más preciado de la humanidad, las religiones serán aquello que nunca debieron dejar de ser, el alimento espiritual indispensable que ligue al hombre con lo intangible.

IV
 Hay, además de estos, otros dos factores, también culturales, que sí será necesario eliminar de sobre la faz de la tierra para que el cooperativismo prevalezca en beneficio de todos los hombres y mujeres del mundo. Uno, altamente difundido entre las clases medias y bajas de la sociedad (Aunque también en las altas), es la escasez de recursos. Y el otro, mucho más difundido en las clases altas y medias altas (Aunque también en las bajas), es la división del genero humano en castas, entre las cuales las más altas, tienen, por decirlo así, el derecho divino de, no solo gobernar, sino también explotar a las otras por ser inferiores y no estar capacitadas para otra cosa.
 Empezando por la primera, basta ojear los libros de texto para saber que, ya en los albores de la revolución industrial, (Y antes también) la escasez de recursos era utilizado como excusa para someter a la mayor parte del pueblo a la pobreza. Esto era así por una doble razón, primero, a mayor cantidad de pobres podrá haber más disponibilidad de mano de obra en condiciones precarias y mal asalariada. (Si por cada empleado hay cinco desempleados esperando su puesto, el trabajador no puede hacer valer como debiera su mano de obra ni su capacidad intelectual, pues sería fácilmente despedido y reemplazado. Así mismo, el derecho a huelga se ve sumamente debilitado si por cada uno de los huelguistas hay tres personas esperando hacer el trabajo que este se niega) y segundo porque si los recursos no alcanzan, los poderosos verán amenazado su nivel de vida ante el avance económico de las clases bajas, lo cual facilitaría la corrupción en las altas esferas. (Por ejemplo: Si esto no alcanza para todos, unámonos a fin que sea nuestro y no de otros, o lo perderemos por completo)  A finales del siglo XIX, con la mayor parte de la población en vías de ser industrializada, con los campos devastados o explotados por los terratenientes y las aspiraciones del hombre medio, limitadas casi exclusivamente a un trabajo miserable que le permitiera comer hasta los cuarenta años, fecha en la cual seguramente moriría de agotamiento; con esa infinidad de recursos aún por explotarse, y con esa masa humana dispuesta a explotarlas por prácticamente nada a cambio, el discurso del stablishmen ya era la escasez de recursos. Mentira. El mundo tenía entonces, y aún conserva, los recursos necesarios para hacer sustentable la vida humana, en igualdad de condiciones, y sin variar notablemente el nivel medio de vida. Si el conjunto de la sociedad tomara en sus manos las prioridades productivas, y la distribución de recursos, todo alcanzaría para todos, y nadie tendría menos que nadie. Todo hombre produce más de lo que necesita para sí, y si todos los hombres produjeran, los productos resultantes sobrarían. La explotación de mineral ha sido, en la actualidad, enormemente aliviada mediante el reciclaje de los productos desechados, y si el cien por ciento de los desechos fueran reciclados íntegramente, la explotación mineral del planeta podría garantizar su sustentabilidad por muchos siglos más. La escasez de recursos, ya sean humanos o naturales es una vil mentira que no soporta la más superficial investigación de campo, y solo puede ser sostenida sumiendo al pueblo en la ignorancia y la desinformación. Hace cien años una hectárea de terreno producía cincuenta veces menos que hoy, y la construcción de un puente demandaba diez veces más acero que en la actualidad, y si bien la población mundial a crecido grandemente, la ciencia industrial y agropecuaria también. La optimización de recursos, y su proyección en una optimización aún mayor, hacen que la escasez de los mismos no sea excusa para el desarrollo de los pueblos, ni hace cien años, ni hoy.
 El segundo punto a tratar aquí era la creencia en seres humanos de clase superior. Día a día podemos ver a nuestro alrededor cómo, la gente común, con las mismas miserias y problemas, suele discriminarse entre sí. La cultura de la discriminación tiene, incluso, su aval bíblico cuando Dios le dijo a un pueblo que sería el elegido, poniéndolo por sobre los demás y discriminándolo del resto. Luchar contra más de cinco mil años de historia y cultura es algo sumamente difícil, pero que lentamente las sociedades han ido reviendo y corrigiendo (En la medida que lo económico se lo permite)
 Hoy, todos somos concientes que nuestro prójimo es nuestro igual, y aún a pesar de ello, solemos discriminar al otro mucho más de cuanto nos atrevemos a confesar. Por ejemplo, suele decírsenos, inocentemente, que si nos esforzamos, nos irá mejor; tendremos una casa más grande, un auto más lindo, atenderemos mejor a los nuestros y seremos mejores personas; sin notar (O tal vez sí, dependiendo el caso) que la contra relación de esto es la interpretación tácita que, entonces, quienes no tienen nada será porque no se esfuerzan y son personas peores (Y por peores inferiores). Así el largo y penoso camino de la discriminación es alimentado diariamente desde las miles de ambigüedades sociales que nos rodean, y aún a pesar de ello, todos sabemos que debemos corregir ese mal.
 Sin embargo, cuanto más subimos en la escala social, el concepto de discriminación se exacerba más y más. Playas privadas, clubes privados, barrios privados; no hacen más que separar a unos pocos del resto, por la simple razón de considerarse diferentes. Ellos son quienes, “merced a su esfuerzo”, se han transformado en “mejores personas” que nosotros, y por ello deben mantenerse separados. Solo los que están en la cima de esta pirámide tienen acceso a mejores lugares, mejores autos, mejores casas, mejores ropas, mejores comidas; mejores vidas. Y, la conclusión ineludible a la cual llegan es: Si tenemos acceso a lo mejor, es porque somos mejores.
 Así, planteada la diferencia, quien se considera superior al otro presupone un derecho en su situación, y no renunciará a ella. Para ello, y amparado en la supremacía de su grupo por sobre el resto de los mortales, tomará el poder. Y como el poder corrompe, tejerá embustes, falseará verdades, manipulará opiniones, e incluso someterá a naciones enteras al atraso y la inanición; porque total, esas personas son inferiores, no se esfuerzan, casi ni son humanos, son una masa reemplazable que está allí para servirse de ellos. Quien haya investigado un poco la historia sabrá que, en este punto, no hay tanta diferencia entre los jerarcas de la Alemania nazi, y los gobernantes de las actuales sociedades democráticas y civilizadas; unos construían campos de concentración en Europa, otros convierten a países enteros en campos de exterminio donde sus habitantes mueren de hambre y precariedad. Después de todo, es la misma política, ayornada a nuestros días, la que sigue en pie. Los nazis sostenían que los negros eran inferiores y debían ser discriminados, los Estados Unidos dicen que negros y blancos son iguales, sin embargo sus cárceles están llenas de “Afro-Americanos” que están allí solo por el color de su piel.
Así, entre quienes se creen superiores al resto, no es extraño el fomento de la corrupción a fin de seguir ejerciendo la supremacía sobre los demás. Así, entre quienes consideran a la masa social como seres de inferior calidad, no es extraño que condenen a cientos de miles de esos “sub-humanos” a morir en una guerra, en defensa de sus espurios intereses personales.
 Sin embargo, como se habrá podido ver, aún estos factores de corrupción, en apariencia deslindados del dinero, tienen su origen en él; y son síntomas, como todos los otros, del mismo mal.
 Habrá, sin dudas, quien diga: Antes de existir el dinero ya había corrupción y poder. Es verdad, nunca ha sido ello negado en estas páginas. Sin embargo, la sociedad humana ha crecido tanto en torno al dinero, los poderosos del mundo han basado de tal forma su poder en él, que lo han convertido en su talón de Aquiles. Y si hoy aboliéramos el dinero, ellos quedarían tan desnudos y desprotegidos, que nada ni nadie podría impedir que el hombre viera una verdad tan evidente, y se levantara contra ella.

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