I
Sin embargo, y más allá de esto, suelen haber
otros factores de poder, que a primera vista parecen no estar relacionados con
el dinero. Si volviéramos al ejemplo de la manada, podríamos concluir que el
origen de la contienda fue, el derecho a aparearse, y no un bien material. Sin
embargo hay que hacer aquí dos salvedades importantes. Primero, el principio de
supervivencia del más apto es un concepto racional que propone la supremacía
del hombre por el resto de las especies. El hombre posee inteligencia, lo cual
lo convierte en el animal más apto para sobrevivir. Sin embargo, antes de
alcanzar esta inteligencia racional, éramos animales luchando por la supervivencia.
En ese mundo animal, se justificaba el concepto de reservar el apareamiento al
macho más fuerte, pues así las crías tendrían mayores posibilidades de
sobrevivir. Después de todo, ese animal solo tenía su fuerza para enfrentar a
los depredadores que acechaban. Sin embargo, al acceder el hombre a la
conciencia racional, su poder dejó de ser su fuerza y pasó a ser su
inteligencia. Dentro de este nuevo cuadro de situación, ya no era necesario el
apareamiento exclusivo con el más fuerte de la manada, pues un individuo
increíblemente más débil, podría ser infinitamente más inteligente, asegurando
así la supervivencia de sus crías con mayor eficacia que el primero. Sin
embargo la fuerza prevaleció sobre la razón, y el más fuerte, para poder
continuar manteniendo su dominio, convirtió a la hembra en una posesión con la
cual negociar; lo cual nos lleva al segundo punto: La relación de pareja como
una forma de posesión.
Suena ridículo el plantear que un hombre o una
mujer, en el mundo actual, ejerza un poder de posesión sobre el otro, sin
embargo las relaciones de pareja se basan en este principio. Un hombre o una
mujer sabe, al formar una pareja, que a partir de ese momento es, afectiva y
sexualmente hablando, posesión exclusiva del ser amado. Ello no genera mayores
conflictos al comienzo de dicha relación, porque acaba de alcanzarse el objeto
del deseo, pero suele ser una carga difícil de sobrellevar conforme pasan los
años. En general, toda pareja sufre un desgaste con el tiempo que, en algunos
casos, puede llevar a uno de sus integrantes a desear la disolución. Más allá
del afecto que se halle en juego, las mayores dificultades se presentan cuando
el otro integrante, arraigado en la posesión de su cónyuge, olvida el principio
de igualdad que los une, y se niega a desprenderse de él. El conflicto
resultante se basa en una actitud posesiva. Y una persona solo puede ser
posesiva con aquello que considera de su propiedad.
Si bien el ejemplo está extremadamente
simplificado, psicológicamente hablando, es porque la cuestión es mucho más
antropológica que psicológica. Si aquel líder primitivo de la manada, en lugar
de acaparar para sí las mejores hembras, sometiéndolas y convirtiéndolas en su
posesión, hubiese sido consecuente con la evolución de su psiquis; tendría que
haber dictaminado la igualdad absoluta y libertad de elección entre hembras y
machos. Así, al ser iguales en el derecho de elección, y elegir cada uno con
quién aparearse o no, la tensión hubiera disminuido grandemente y, a la postre,
la manada se habría convertido en una unidad mucho más armoniosa. Después de
todo, la naturaleza humana es polígama y no monógama, como nos han hecho creer
por una cuestión mucho más administrativa que moral. (En el reino animal la
monogamia se manifiesta en animales que tienen una sola pareja en toda su vida,
y si ésta muere, no vuelven a formar una nueva. Cosa que en el desarrollo
humano, jamás se dio naturalmente, sino solo por imposición social o
dogmática.)
La posición del cooperativismo en este aspecto
(Y vale aclararlo para evitar confusiones, o maliciosas interpretaciones) es
que el ser humano debe ser absolutamente libre de formar pareja con quien
quiera y por el tiempo que lo desee, sin que ello conduzca a una posesión del
otro. La pareja, como toda sociedad, es de común acuerdo, y si bien puede durar
toda la vida, también puede diluirse con los años. En toda sociedad entre
particulares, cuando aparecen conflictos insoslayables, o una de las partes ya
no está de acuerdo con los términos planteados, tiene derecho a desvincularse
de ella, sin que el otro pueda argüir derechos de posesión sobre la persona
para impedírselo. En una sociedad altamente educada en los principios de
cooperación mutua, y sin los conflictos que la economía genera en los
individuos, estamos seguros que las parejas serán mucho más estables que en la
actualidad; donde la mayor causa de divorcios se producen por infidelidad, o
conflictos económicos entre los cónyuges.
II
Así mismo, la cuestión energética, es, en la
actualidad, la más grande estratagema con que cuentan los poderosos para hacer
su voluntad sobre el resto de los hombres. El petróleo, y su no renovabilidad,
hace que acapararlo y explotarlo convierta aun hombre común, en alguien con
facultad para determinar el destino de una nación, o, incluso, del planeta
entero. Ante esto, muchos serán quienes pueden argumentar en contra de la
abolición del dinero, por considerar que el verdadero poder esta en otros
factores (Y el energético es el ejemplo más encumbrado que puede existir) Sin
embargo, aun el petróleo es comprado con dinero, y su sostenimiento a escala
global es solo para generar más ingreso de divisas a quienes lo controlan.
Es cierto que por petróleo se han iniciado
guerras terribles, se han colocado y derrocado tanto dictadores como gobiernos
democráticos, se ha enviado a miles de jóvenes a morir sin saber por qué, etc. Pero
el petróleo, a diferencia de lo que nos han hecho creer, no es quien mueve a la
economía, sino que solo es un recurso energético más, y hace más de cincuenta
años que es obsoleto. Ocurre que, manteniéndolo, los poderosos encontraron una
forma sumamente eficaz para seguir chantajeando al mundo.
La ciencia, en la actualidad, tiene muchos
medios para sustituir al petróleo, y si no se han desarrollado adecuadamente,
es por coacción de los grandes intereses internacionales que sostienen y
financian a los gobiernos. El petróleo no es más que una vil excusa que han
puesto ante nuestros ojos para distraernos (como siempre lo han hecho) de la
verdadera raíz del problema mundial. El petróleo, amparado en su utilidad
energética, es a esta altura de la evolución humana, otra moneda de cambio,
otro papel pintado más, que solo tiene valor porque nosotros se lo damos, y
porque nos han convencido que es indispensable e insustituible. Pero la
realidad es que, en un mundo cooperativo, donde todos trabajemos por el
bienestar del prójimo y no por su dominio, sin el freno que el interés
económico le pone a la ciencia, el problema energético no será tal, y su
solución se alcanzará, rápida y efectivamente.
III
Otro factor de
poder sumamente enquistado en las sociedades humanas desde hace milenios es el
religioso. El hombre tiene necesidad de lo espiritual, y eso es un derecho
fundamental que no puede serle negado. El ser humano, desde lo evolutivo, creyó
en un dios, antes que en sí mismo, y esta es una realidad que no debe ser
ignorada o menospreciada en la constitución de una nueva sociedad. La libertad
de culto no puede ser negada a ningún hombre, así como ninguna fe en
particular, puede arrogarse el derecho de supremacía sobre las otras. Pero,
como la historia de la civilización nos enseña que la fe ha sido utilizada una
y otra vez para coaccionar las voluntades individuales, o explotar la miseria y
desesperación de los otros, habrá sin dudas que tomar recaudos en sus
procederes.
Los líderes religiosos han sabido convencer a
sus feligreses, no solo que la fe que profesan es la verdad única y absoluta,
sino que también son ellos, sus líderes, los encargados de intermediar entre el
pueblo y su dios. Esto, más allá de las implicancias que saltan a la vista,
encierra también otras mucho más sutiles. Por ejemplo, la pertenencia a un
grupo que es visto discriminado del resto merced a su virtud, genera un
sentimiento de hostilidad hacia el resto tanto o más difícil de erradicar que
el de la posesión material, y el cooperativismo deberá poner en ello especial
atención y cuidado. Un hombre dispuesto a morir por su fe, no solo es más
fuerte y peligroso que un hombre dispuesto a morir por un plato de comida, sino
que también es mucho más manipulable. Y aunque los hechos de fe aparezcan
altamente altruistas y desinteresados, en la realidad ulterior de sus
intenciones terminan por no serlo. En las congregaciones religiosas, la
corrupción material ha mutado en otro tipo de corrupción, la del ser
espiritual; que a los fines de la posesión, es similar. Un fundamentalista que
entrega su vida por su causa lo hace convencido en el bien común, pero buscando
un bien personal; ser redimido ante su dios y ganar el derecho al paraíso.
Pongámosle a ese mismo hombre la opción de no tener que ofrendar su vida para
ser salvo, y de seguro no la ofrendará. Es decir, la posesión con la cual
comercian las religiones es, precisamente, el paraíso (También aplicable, en
otros aspectos, a los reencarnacionistas y otros). El paraíso, o la redención,
le pertenece a esa religión en particular, y para obtenerlo hay que obedecer
aquello que esa religión en particular nos ordena, ejerciendo así, su poder
sobre nosotros. La moneda de cambio utilizada aquí es la salvación o evolución
del alma; y a través de ella, los líderes acceden a una moneda de cambio mucho
más terrenal, el dinero de sus fieles.
Pero el problema actual de la fe no es, como
nunca lo ha sido, los fieles, sino los dirigentes. Son los dirigentes de la fe,
quienes han convertido a la espiritualidad en un bien material con el cual
llenar sus bolsillos de billetes. Ya sea por beneficio propio, o de la
comunidad a la cual pertenecen, las órdenes religiosas en general, viven de sus
fieles y se enriquecen de ellos. Desde el monje que cambia la intermediación
ante la deidad por la ofrenda del campesino con la cual ha de alimentarse,
hasta el sacerdote rodeado de lujos y objetos de arte en su catedral, todos los
líderes religiosos actuales, utilizan la fe como medio de vida u obtención de
poder. El cooperativismo, conciente de ello, no propugna la abolición de las
religiones ni el descrédito de ellas. Pero tampoco puede permitir el usufructo
que hacen unos pocos de la fe de muchos.
Así, el planteo se presenta simple. Las
religiones del mundo, sea cual fuera su denominación y fundamento, no podrán
permanecer ajenas a la estructura cooperativista, y deberán adecuar sus
funcionamientos administrativos internos, a las doctrinas de cooperación que
propugnamos. Ningún hombre, dentro de una orden religiosa, podrá ostentar un
cargo que lo eleve sobre otro hombre en representación ante su dios, ni vivir
del trabajo de otro hombre para evitar el suyo propio. Un monje, un cura, un
rabino, o un pastor; deberán, dentro de la organización cooperativista,
atenerse a la formación moral de su credo particular, y al consuelo y auxilio
espiritual de su congregación, sin por esto dejar de prestar su contribución
laboral al sistema con un oficio que no sea el espiritual, sino de
mantenimiento material de la sociedad; quedando su labor eclesiástica, para sus
momentos de ocio y esparcimiento, (Ver administración de la fuerza laboral) los
cuales, dentro del cooperativismo serán mucho más amplios que actualmente.
Cuando los líderes religiosos no obtengan
réditos materiales de sus cargos clericales, y la educación en la igualdad de todos
los hombres sea el bien más preciado de la humanidad, las religiones serán
aquello que nunca debieron dejar de ser, el alimento espiritual indispensable
que ligue al hombre con lo intangible.
IV
Hay, además de estos, otros dos factores,
también culturales, que sí será necesario eliminar de sobre la faz de la tierra
para que el cooperativismo prevalezca en beneficio de todos los hombres y
mujeres del mundo. Uno, altamente difundido entre las clases medias y bajas de
la sociedad (Aunque también en las altas), es la escasez de recursos. Y el
otro, mucho más difundido en las clases altas y medias altas (Aunque también en
las bajas), es la división del genero humano en castas, entre las cuales las
más altas, tienen, por decirlo así, el derecho divino de, no solo gobernar,
sino también explotar a las otras por ser inferiores y no estar capacitadas
para otra cosa.
Empezando por la primera, basta ojear los
libros de texto para saber que, ya en los albores de la revolución industrial,
(Y antes también) la escasez de recursos era utilizado como excusa para someter
a la mayor parte del pueblo a la pobreza. Esto era así por una doble razón,
primero, a mayor cantidad de pobres podrá haber más disponibilidad de mano de
obra en condiciones precarias y mal asalariada. (Si por cada empleado hay cinco
desempleados esperando su puesto, el trabajador no puede hacer valer como
debiera su mano de obra ni su capacidad intelectual, pues sería fácilmente
despedido y reemplazado. Así mismo, el derecho a huelga se ve sumamente debilitado
si por cada uno de los huelguistas hay tres personas esperando hacer el trabajo
que este se niega) y segundo porque si los recursos no alcanzan, los poderosos
verán amenazado su nivel de vida ante el avance económico de las clases bajas,
lo cual facilitaría la corrupción en las altas esferas. (Por ejemplo: Si esto
no alcanza para todos, unámonos a fin que sea nuestro y no de otros, o lo
perderemos por completo) A finales del
siglo XIX, con la mayor parte de la población en vías de ser industrializada,
con los campos devastados o explotados por los terratenientes y las
aspiraciones del hombre medio, limitadas casi exclusivamente a un trabajo
miserable que le permitiera comer hasta los cuarenta años, fecha en la cual
seguramente moriría de agotamiento; con esa infinidad de recursos aún por
explotarse, y con esa masa humana dispuesta a explotarlas por prácticamente
nada a cambio, el discurso del stablishmen ya era la escasez de recursos.
Mentira. El mundo tenía entonces, y aún conserva, los recursos necesarios para
hacer sustentable la vida humana, en igualdad de condiciones, y sin variar
notablemente el nivel medio de vida. Si el conjunto de la sociedad tomara en
sus manos las prioridades productivas, y la distribución de recursos, todo
alcanzaría para todos, y nadie tendría menos que nadie. Todo hombre produce más
de lo que necesita para sí, y si todos los hombres produjeran, los productos
resultantes sobrarían. La explotación de mineral ha sido, en la actualidad,
enormemente aliviada mediante el reciclaje de los productos desechados, y si el
cien por ciento de los desechos fueran reciclados íntegramente, la explotación
mineral del planeta podría garantizar su sustentabilidad por muchos siglos más.
La escasez de recursos, ya sean humanos o naturales es una vil mentira que no
soporta la más superficial investigación de campo, y solo puede ser sostenida
sumiendo al pueblo en la ignorancia y la desinformación. Hace cien años una
hectárea de terreno producía cincuenta veces menos que hoy, y la construcción de
un puente demandaba diez veces más acero que en la actualidad, y si bien la
población mundial a crecido grandemente, la ciencia industrial y agropecuaria
también. La optimización de recursos, y su proyección en una optimización aún
mayor, hacen que la escasez de los mismos no sea excusa para el desarrollo de
los pueblos, ni hace cien años, ni hoy.
El segundo punto a tratar aquí era la creencia
en seres humanos de clase superior. Día a día podemos ver a nuestro alrededor
cómo, la gente común, con las mismas miserias y problemas, suele discriminarse
entre sí. La cultura de la discriminación tiene, incluso, su aval bíblico
cuando Dios le dijo a un pueblo que sería el elegido, poniéndolo por sobre los
demás y discriminándolo del resto. Luchar contra más de cinco mil años de
historia y cultura es algo sumamente difícil, pero que lentamente las
sociedades han ido reviendo y corrigiendo (En la medida que lo económico se lo
permite)
Hoy, todos somos concientes que nuestro
prójimo es nuestro igual, y aún a pesar de ello, solemos discriminar al otro
mucho más de cuanto nos atrevemos a confesar. Por ejemplo, suele decírsenos,
inocentemente, que si nos esforzamos, nos irá mejor; tendremos una casa más
grande, un auto más lindo, atenderemos mejor a los nuestros y seremos mejores
personas; sin notar (O tal vez sí, dependiendo el caso) que la contra relación
de esto es la interpretación tácita que, entonces, quienes no tienen nada será
porque no se esfuerzan y son personas peores (Y por peores inferiores). Así el
largo y penoso camino de la discriminación es alimentado diariamente desde las
miles de ambigüedades sociales que nos rodean, y aún a pesar de ello, todos
sabemos que debemos corregir ese mal.
Sin embargo, cuanto más subimos en la escala
social, el concepto de discriminación se exacerba más y más. Playas privadas,
clubes privados, barrios privados; no hacen más que separar a unos pocos del
resto, por la simple razón de considerarse diferentes. Ellos son quienes,
“merced a su esfuerzo”, se han transformado en “mejores personas” que nosotros,
y por ello deben mantenerse separados. Solo los que están en la cima de esta
pirámide tienen acceso a mejores lugares, mejores autos, mejores casas, mejores
ropas, mejores comidas; mejores vidas. Y, la conclusión ineludible a la cual
llegan es: Si tenemos acceso a lo mejor, es porque somos mejores.
Así, planteada la diferencia, quien se
considera superior al otro presupone un derecho en su situación, y no
renunciará a ella. Para ello, y amparado en la supremacía de su grupo por sobre
el resto de los mortales, tomará el poder. Y como el poder corrompe, tejerá
embustes, falseará verdades, manipulará opiniones, e incluso someterá a
naciones enteras al atraso y la inanición; porque total, esas personas son
inferiores, no se esfuerzan, casi ni son humanos, son una masa reemplazable que
está allí para servirse de ellos. Quien haya investigado un poco la historia
sabrá que, en este punto, no hay tanta diferencia entre los jerarcas de la
Alemania nazi, y los gobernantes de las actuales sociedades democráticas y
civilizadas; unos construían campos de concentración en Europa, otros
convierten a países enteros en campos de exterminio donde sus habitantes mueren
de hambre y precariedad. Después de todo, es la misma política, ayornada a
nuestros días, la que sigue en pie. Los nazis sostenían que los negros eran
inferiores y debían ser discriminados, los Estados Unidos dicen que negros y
blancos son iguales, sin embargo sus cárceles están llenas de “Afro-Americanos”
que están allí solo por el color de su piel.
Así, entre
quienes se creen superiores al resto, no es extraño el fomento de la corrupción
a fin de seguir ejerciendo la supremacía sobre los demás. Así, entre quienes
consideran a la masa social como seres de inferior calidad, no es extraño que
condenen a cientos de miles de esos “sub-humanos” a morir en una guerra, en
defensa de sus espurios intereses personales.
Sin embargo, como se habrá podido ver, aún
estos factores de corrupción, en apariencia deslindados del dinero, tienen su
origen en él; y son síntomas, como todos los otros, del mismo mal.
Habrá, sin dudas, quien diga: Antes de existir
el dinero ya había corrupción y poder. Es verdad, nunca ha sido ello negado en
estas páginas. Sin embargo, la sociedad humana ha crecido tanto en torno al
dinero, los poderosos del mundo han basado de tal forma su poder en él, que lo
han convertido en su talón de Aquiles. Y si hoy aboliéramos el dinero, ellos
quedarían tan desnudos y desprotegidos, que nada ni nadie podría impedir que el
hombre viera una verdad tan evidente, y se levantara contra ella.
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