I
Sin embargo las
posesiones no son frutos que crecen en los árboles y que unos acaparan en
desmedro de los otros. El engañoso artilugio de la propaganda y la educación
recibida no nos deja ver que debajo de ellas se esconde una fuerza aún mayor.
La fuerza real, el iceberg escondido capaz de hacer zozobrar a cualquier
Titánic. Hay algo que todas las posesiones, desde la más pequeña e
insignificante, hasta la más fastuosa y exagerada, tienen en común; y es el
modo de alcanzarlas. Suele decirse que las verdades más evidentes pasan a menudo
ante nuestros ojos sin que podamos verlas, y en este caso lo evidente es que:
ya sea por medio de nuestro trabajo, ya sea por la explotación del otro, ya sea
cediendo a la corrupción corporativa o estatal, todo aquello que poseemos o
anhelamos poseer tiene un precio. Incluso hay un refrán que reza: “Todo hombre
tiene precio.” Y he aquí el verdadero mal a combatir.
Desde un plato de arroz hervido hasta un
transatlántico de lujo, desde un automóvil deportivo hasta una bombilla
eléctrica, todo, es adquirido con dinero. El dinero es el motor indiscutido de
la economía, y la economía el dios del mundo actual. Trabajamos por dinero,
consumimos con dinero, y somos explotados por dinero. El dinero hace que un
hombre abra la puerta del coche de otro hombre para que este descienda. El
dinero hace que una mujer cocine la comida que otra comerá. El dinero hace que
una persona duerma en un pent house y otro debajo de un puente. El dinero hace
que unos vomiten para seguir comiendo y otros mueran de hambre. El dinero nos
da aquello que necesitamos pero también nos priva de aquello otro que deseamos.
El dinero nos permite ayudar a otros pero también es el responsable que esos
otros necesiten de nuestra ayuda. El dinero puede poner un gobierno a
funcionar, pero también derribarlo. El dinero puede darle herramientas a una
revolución social, pero también corromperla. Porque el dinero es el encargado
de darnos posesiones, pero las posesiones son las encargadas de hacernos desear
aquello que no poseemos, y desear alcanzar aquello que no poseemos nos empuja a
luchar por poder, y el poder corrompe; y el poder absoluto corrompe
absolutamente.
Viéndolo de este modo, se comprende que el
único modo de luchar contra la corrupción es luchar contra el poder, y luchar
contra el poder es luchar contra el dinero. Porque si el poder lo da la
posesión de una cosa, y la posesión de esa cosa se adquiere con dinero;
entonces el poder es el dinero, y el dinero corrupción. Siendo así, solo
aboliendo el dinero como medio de obtener posesiones, el poder cesará, y con él
la corrupción.
Antiguamente la
lucha de clases estaba dada en la eliminación de la propiedad privada, pues se
la consideraba causa fundamental de dicha diferencia, sin embargo el tiempo nos
ha mostrado que no es allí donde radica el origen de ese mal, pues la propiedad
privada solo es otro hijo directo del dinero. No es posible combatir la
propiedad privada y mantener los fundamentos que le dan origen. Muchas teorías
se han desarrollado al respecto, y sin embargo todas conservan en sí el mal
primigenio de utilizar algún tipo de elemento como moneda de cambio. Es decir,
algo que sustituya al dinero, pero manteniendo sus facultades. Es un error. Es
el gran error que ha hecho naufragar una y otra vez todas las teorías
libertarias, y todas las revoluciones sociales. La lucha real no debe ser
librada contra, las posesiones o la propiedad privada, sino contra el dinero
que les da origen. No más contra el señor feudal, no contra el opresor de
turno, no contra el capital como modos de deslindar la responsabilidad en el
síntoma y no en la causa. La causa real del mal en el mundo es el dinero, y
solo podremos acabar con todo atisbo de poder y corrupción, de intención de
dominio de unos sobre otros, si logramos erradicar de la vida social del hombre,
al dinero.
Pero luchar
contra el dinero parece, a primera vista, una absoluta locura. ¿Cómo haríamos
en las sociedades actuales para comerciar sin dinero? ¿Con qué compraríamos
nuestra comida o vestiríamos a nuestros hijos? ¿Cómo se sostendría la economía?
Pensar en un mundo sin dinero es casi el equivalente a pensar en un mundo sin
civilización. Sin embargo, el sistema monetario hace mucho tiempo que está
obsoleto y solo es sostenido por esos mismos intereses que continúan
enriqueciéndose a costillas de nuestro trabajo y sacrificio.
II
Detengámonos un instante en el dinero. Todo
aquello que tenemos en nuestras vidas, fue comprado con él, y eso es algo que
está tan asimilado en nosotros, que solo nos lo planteamos cuando el dinero no
alcanza. ¿Sin embargo, de dónde obtenemos el dinero para comprar esas cosas? De
nuestro trabajo. Este otro concepto está tan manipulado y deformado que no solo
no reparamos en el verdadero valor del trabajo, sino que solo podemos pensar en
trabajar para ganar dinero, haciéndosenos más importante, el fin que el medio;
invirtiendo tan profundo dentro de nuestras mentes el orden de los valores,
que, no solo somos convencidos de la importancia del dinero sobre el trabajo,
sino que además actuamos y trabajamos consecuentes a ello.
Ahora bien, si no trabajamos no tenemos
dinero, y si no tenemos dinero no podemos adquirir aquello que deseamos o
necesitamos. ¿No hay algo que sobra en esta ecuación? ¿Si lo que poseemos es,
en definitiva el fruto de nuestro trabajo, de nuestras manos o nuestra
capacidad intelectual; el dinero, no pasa a ser solo un intermediario entre
nosotros y aquello que deseamos y necesitamos para vivir y desarrollarnos? ¿No
salta a la vista, por el solo hecho de detenernos en ello, que todo cuanto
tenemos lo hemos ganado con nuestro trabajo y no con el dinero? ¿Y si esto es
así, por qué continuamos ciegos e irracionales detrás de él?
Hay un precepto filosófico que dice que la
conciencia sobre un algo dota a ese algo de existencia. Pues bien, el dinero no
es más que una ficción en la cual todos creemos y por ello le es factible el
existir. Si nosotros dejásemos de creer en él, él, inevitablemente carecería de
valor y no serviría para nada. Antiguamente el dinero estaba respaldado por oro
(Otra ficción de la cual nos convencieron para poder dominarnos) y el valor de
esos pedacitos de papel pintados estaba dado por el oro que había en las
bóvedas de los bancos nacionales. Hoy el papel está respaldado por otros
papeles, y esos otros papeles están respaldados por la confianza de la gente en
quien dice respaldarlos. Es decir, la economía mundial se basa en que todos los
hombres y mujeres del mundo, creemos que ese papel tiene valor, porque cuatro o
cinco banqueros internacionales nos dicen que lo tiene. Esos mismos cuatro o
cinco banqueros que destrozan economías enteras para obtener mayores rentas,
que saquean naciones para ganar nuevos mercados, que hambrean pueblos enteros
para tener mano de obra barata, o que inician sangrientas guerras para quedarse
con el petróleo y recursos naturales de un país. En esas personas creemos
nosotros cuando tomamos un pedazo de papel pintado en nuestras manos y les
damos el valor que ellos dicen que tiene.
III
Pues bien, si el
verdadero valor del hombre es el trabajo, ¿por qué es esto así? Simplemente
porque trabajar es un hecho, no solo social, sino que también cooperativo. La
sociedad no puede desarrollarse sin la cooperación de los hombres y mujeres que
la componen. La misma palabra “sociedad” refiere a ello. Sin embargo no solo
nos han hecho olvidar esto, sino que nos han convencido que en el principio
individualista de buscar la mayor fortuna personal, las sociedades
evolucionarían hasta alcanzar el estado de bienestar absoluto, haciendo de este
modo añicos el concepto mismo de la palabra “Sociedad”. Todas las doctrinas
económicas actuales se basan en el fundamento hecho por Adam Shmit en el año
1776 cuando publicó su obra “La riqueza de las naciones” esbozando así su tesis
principal donde propone que el grado máximo de bienestar social es alcanzado
cuando cada individuo, de manera egoísta, busca su bienestar individual, y nada
más que ello. Y aún cuando a principios de la década de 1950 John Nash, no solo
formuló, sino que demostró matemáticamente, que esto no era cierto, el curso de
la economía y los condicionamientos sociales siguen incuestionablemente apegados
al fundamento Shimtsoniano.
Sin embargo la realidad nos indica, cada vez
más, que todos trabajamos para todos. El teléfono fabricado en Taiwán es usado
por el campesino de La Pampa, el automóvil construido en Estados Unidos,
conducido en Italia, el vino hecho en Francia bebido en Inglaterra. No existe
trabajo en el mundo que no redunde en beneficio de alguien más (Solamente los
trabajos relacionados con la especulación económica, que buscan exclusivamente
el beneficio propio, aún en detrimento de la mayoría) Sin embargo nos han
convencido que solo trabajamos para nosotros mismos, para ganar más dinero,
para buscar exclusivamente nuestro bienestar personal, y así progresar “socialmente” en la vida.
Veámoslo de este modo: Un hombre trabaja
construyendo un utensilio determinado que solo puede serle útil a él mismo ¿A
quien se lo vendería? ¿Cómo conseguiría ganar dinero para alimentar a su
familia? Seguramente este hombre moriría de hambre a menos que se dedicara a otra
cosa, a algo que pudiera serle útil a los demás. Pues bien, si este hombre
fabrica algo que le es útil al vecino y el vecino fabrica algo que le es útil a
él, ¿para qué intercambiarlo por dinero? Allí se da el principio básico del
trueque, que, aunque es absolutamente impracticable en el mundo actual, es
mucho más genuino que el del intercambio monetario. El utensilio del uno le es
útil al otro y el utensilio del otro le es útil al uno, el intercambio es de
utilidad práctica y genuina, no lo intercambian por un trozo de papel que un
tercero les dice que le es útil a los dos y del cual solo ese tercero sacará
beneficios.
Ahora elevemos este concepto al nivel de una
aldea. En una aldea hay cinco campesinos, cuatro albañiles, tres sastres, dos
maestros y un médico. Los quince habitantes de esta aldea deben, sin lugar a
dudas comer, por lo cual les es indispensable el trabajo de los campesinos,
pero también deben vestirse, y por ello también necesitan de los sastres,
indudablemente es necesario guarecerse del clima, por lo cual los albañiles son
fundamentales, y, claro está, deben educar a sus hijos, y curarse si alguno se
enferma. Ahora bien, si todos necesitan tan estrechamente de todos, ¿por qué no
disponer libremente del trabajo de todos? Ningún trabajo es en verdad más
importante, pues todos hacen al funcionamiento de la aldea, los campesinos no
pueden trabajar desnudos ni los albañiles dejar de alimentarse, los niños deben
ser educados, y los maestros tener escuelas, y por supuesto tanto unos como otros
deben ser curados cuando se enferman. Allí hay un perfecto funcionamiento de
cooperación mutua, pues aunque, por ejemplo, el médico jamás necesite del
trabajo de un albañil, deberá enviar a sus hijos a una escuela construida por
este. Es decir, en el cooperativismo, todos necesitamos de todos, aun cuando no
necesitemos directamente del producto del trabajo del otro.
Es cierto, el mundo moderno no es una aldea,
aunque muchas veces se lo refiera como tal, pero el trabajo de todos esta igual
de relacionado que en el ejemplo antes citado, y si algún aspecto de la
producción, en algún lejano rincón del planeta se resiente por cualquier
motivo, ello conlleva a un estremecimiento mundial.
IV
De hecho, todos los condicionamientos que
encuentra la sociedad actual para desarrollarse al tope de su capacidad son de
índole económico. Los mercados regulan, no solo la producción, sino también las
necesidades diarias. Las fluctuaciones de la economía hacen que dejen de
construirse casas aun cuando muchos carecen de ellas, o que las fábricas de
electrodomésticos deban radicarse en continentes donde la mayoría de sus
habitantes no tendrán acceso a ellos. Y estas conductas irracionales del
mercado, son avaladas por los más prestigiosos economistas y políticos del
mundo.
Las economías regionales se ven,
constantemente limitadas en su expansión por, por ejemplo, la desocupación; sin
embargo, para contrarrestar sus efectos, se recurren a elaboradas combinaciones
de medidas como controlar el consumo para evitar inflación, provocando así la
desocupación que, dicen, intentan combatir. Todos los males que los gobiernos
enfrentan son, en su enorme mayoría, económicos. Incluso las diferencias raciales tienen
muchas veces un origen económico por sobre uno étnico. El obrero metalúrgico de
un país, protesta contra las importaciones de otro, no porque tenga algo contra
los habitantes de esa nación, sino porque ello afecta a su economía, y, sin
embargo, las descargas de estos suelen repercutir en manifestaciones de tipo
xenofóbicas. Hitler mismo, exacerbó el odio racial contra los judíos
justificándolo en un origen económico al presentarlos como los culpables del
hambre y la usura de la nación Alemana. La economía, en definitiva, es
responsable de todos los problemas que argumenta intentar combatir, y sin
embargo, a nadie jamás se lo ha escuchado decir que una solución para ello
sería librarnos de ella.
Nunca se le ocurriría al hombre curar a un
alcohólico permitiéndosele entregarse a su adicción, ni a un enfermo de cáncer
inyectándosele más células enfermas. Sin embargo la economía ha logrado
convencernos una y otra vez, que ella puede subsanar todos los males que
genera, aplicando los mismos principios que les han dado origen. ¿Cómo es
posible que una costurera sea despedida en un país donde hay niños que no
tienen qué vestir? ¿Cómo puede un operario automotriz ser cesanteado donde solo
el cinco por ciento de la población tiene acceso a un cero kilómetro? ¿Cómo un
obrero de la construcción tiene que mendigar un puesto de trabajo, y aceptarlo
en condiciones de seguridad cero, habiendo tantos sin vivienda? La respuesta es
siempre la misma. El dinero no alcanza. No es que no haya necesidad de esos
servicios o productos, no es que no haya disponibilidad de mano de obra, no es
que no haya capacitación; sino que es, simple y llanamente, el dinero que no
alcanza para ello, los costos que deben bajarse, los dictados del mercado. El
dinero ha venido a convertirse en el único freno del desarrollo, y si logramos
su eliminación, todas las fuerzas productivas del hombre podrán ponerse al
servicio de él, y no del dinero.
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