miércoles, 16 de enero de 2013

El dinero y el trabajo



I
Sin embargo las posesiones no son frutos que crecen en los árboles y que unos acaparan en desmedro de los otros. El engañoso artilugio de la propaganda y la educación recibida no nos deja ver que debajo de ellas se esconde una fuerza aún mayor. La fuerza real, el iceberg escondido capaz de hacer zozobrar a cualquier Titánic. Hay algo que todas las posesiones, desde la más pequeña e insignificante, hasta la más fastuosa y exagerada, tienen en común; y es el modo de alcanzarlas. Suele decirse que las verdades más evidentes pasan a menudo ante nuestros ojos sin que podamos verlas, y en este caso lo evidente es que: ya sea por medio de nuestro trabajo, ya sea por la explotación del otro, ya sea cediendo a la corrupción corporativa o estatal, todo aquello que poseemos o anhelamos poseer tiene un precio. Incluso hay un refrán que reza: “Todo hombre tiene precio.” Y he aquí el verdadero mal a combatir.
 Desde un plato de arroz hervido hasta un transatlántico de lujo, desde un automóvil deportivo hasta una bombilla eléctrica, todo, es adquirido con dinero. El dinero es el motor indiscutido de la economía, y la economía el dios del mundo actual. Trabajamos por dinero, consumimos con dinero, y somos explotados por dinero. El dinero hace que un hombre abra la puerta del coche de otro hombre para que este descienda. El dinero hace que una mujer cocine la comida que otra comerá. El dinero hace que una persona duerma en un pent house y otro debajo de un puente. El dinero hace que unos vomiten para seguir comiendo y otros mueran de hambre. El dinero nos da aquello que necesitamos pero también nos priva de aquello otro que deseamos. El dinero nos permite ayudar a otros pero también es el responsable que esos otros necesiten de nuestra ayuda. El dinero puede poner un gobierno a funcionar, pero también derribarlo. El dinero puede darle herramientas a una revolución social, pero también corromperla. Porque el dinero es el encargado de darnos posesiones, pero las posesiones son las encargadas de hacernos desear aquello que no poseemos, y desear alcanzar aquello que no poseemos nos empuja a luchar por poder, y el poder corrompe; y el poder absoluto corrompe absolutamente.
 Viéndolo de este modo, se comprende que el único modo de luchar contra la corrupción es luchar contra el poder, y luchar contra el poder es luchar contra el dinero. Porque si el poder lo da la posesión de una cosa, y la posesión de esa cosa se adquiere con dinero; entonces el poder es el dinero, y el dinero corrupción. Siendo así, solo aboliendo el dinero como medio de obtener posesiones, el poder cesará, y con él la corrupción.
Antiguamente la lucha de clases estaba dada en la eliminación de la propiedad privada, pues se la consideraba causa fundamental de dicha diferencia, sin embargo el tiempo nos ha mostrado que no es allí donde radica el origen de ese mal, pues la propiedad privada solo es otro hijo directo del dinero. No es posible combatir la propiedad privada y mantener los fundamentos que le dan origen. Muchas teorías se han desarrollado al respecto, y sin embargo todas conservan en sí el mal primigenio de utilizar algún tipo de elemento como moneda de cambio. Es decir, algo que sustituya al dinero, pero manteniendo sus facultades. Es un error. Es el gran error que ha hecho naufragar una y otra vez todas las teorías libertarias, y todas las revoluciones sociales. La lucha real no debe ser librada contra, las posesiones o la propiedad privada, sino contra el dinero que les da origen. No más contra el señor feudal, no contra el opresor de turno, no contra el capital como modos de deslindar la responsabilidad en el síntoma y no en la causa. La causa real del mal en el mundo es el dinero, y solo podremos acabar con todo atisbo de poder y corrupción, de intención de dominio de unos sobre otros, si logramos erradicar de la vida social del hombre, al dinero.
 Pero luchar contra el dinero parece, a primera vista, una absoluta locura. ¿Cómo haríamos en las sociedades actuales para comerciar sin dinero? ¿Con qué compraríamos nuestra comida o vestiríamos a nuestros hijos? ¿Cómo se sostendría la economía? Pensar en un mundo sin dinero es casi el equivalente a pensar en un mundo sin civilización. Sin embargo, el sistema monetario hace mucho tiempo que está obsoleto y solo es sostenido por esos mismos intereses que continúan enriqueciéndose a costillas de nuestro trabajo y sacrificio.

II
 Detengámonos un instante en el dinero. Todo aquello que tenemos en nuestras vidas, fue comprado con él, y eso es algo que está tan asimilado en nosotros, que solo nos lo planteamos cuando el dinero no alcanza. ¿Sin embargo, de dónde obtenemos el dinero para comprar esas cosas? De nuestro trabajo. Este otro concepto está tan manipulado y deformado que no solo no reparamos en el verdadero valor del trabajo, sino que solo podemos pensar en trabajar para ganar dinero, haciéndosenos más importante, el fin que el medio; invirtiendo tan profundo dentro de nuestras mentes el orden de los valores, que, no solo somos convencidos de la importancia del dinero sobre el trabajo, sino que además actuamos y trabajamos consecuentes a ello.
 Ahora bien, si no trabajamos no tenemos dinero, y si no tenemos dinero no podemos adquirir aquello que deseamos o necesitamos. ¿No hay algo que sobra en esta ecuación? ¿Si lo que poseemos es, en definitiva el fruto de nuestro trabajo, de nuestras manos o nuestra capacidad intelectual; el dinero, no pasa a ser solo un intermediario entre nosotros y aquello que deseamos y necesitamos para vivir y desarrollarnos? ¿No salta a la vista, por el solo hecho de detenernos en ello, que todo cuanto tenemos lo hemos ganado con nuestro trabajo y no con el dinero? ¿Y si esto es así, por qué continuamos ciegos e irracionales detrás de él?
 Hay un precepto filosófico que dice que la conciencia sobre un algo dota a ese algo de existencia. Pues bien, el dinero no es más que una ficción en la cual todos creemos y por ello le es factible el existir. Si nosotros dejásemos de creer en él, él, inevitablemente carecería de valor y no serviría para nada. Antiguamente el dinero estaba respaldado por oro (Otra ficción de la cual nos convencieron para poder dominarnos) y el valor de esos pedacitos de papel pintados estaba dado por el oro que había en las bóvedas de los bancos nacionales. Hoy el papel está respaldado por otros papeles, y esos otros papeles están respaldados por la confianza de la gente en quien dice respaldarlos. Es decir, la economía mundial se basa en que todos los hombres y mujeres del mundo, creemos que ese papel tiene valor, porque cuatro o cinco banqueros internacionales nos dicen que lo tiene. Esos mismos cuatro o cinco banqueros que destrozan economías enteras para obtener mayores rentas, que saquean naciones para ganar nuevos mercados, que hambrean pueblos enteros para tener mano de obra barata, o que inician sangrientas guerras para quedarse con el petróleo y recursos naturales de un país. En esas personas creemos nosotros cuando tomamos un pedazo de papel pintado en nuestras manos y les damos el valor que ellos dicen que tiene.

III
Pues bien, si el verdadero valor del hombre es el trabajo, ¿por qué es esto así? Simplemente porque trabajar es un hecho, no solo social, sino que también cooperativo. La sociedad no puede desarrollarse sin la cooperación de los hombres y mujeres que la componen. La misma palabra “sociedad” refiere a ello. Sin embargo no solo nos han hecho olvidar esto, sino que nos han convencido que en el principio individualista de buscar la mayor fortuna personal, las sociedades evolucionarían hasta alcanzar el estado de bienestar absoluto, haciendo de este modo añicos el concepto mismo de la palabra “Sociedad”. Todas las doctrinas económicas actuales se basan en el fundamento hecho por Adam Shmit en el año 1776 cuando publicó su obra “La riqueza de las naciones” esbozando así su tesis principal donde propone que el grado máximo de bienestar social es alcanzado cuando cada individuo, de manera egoísta, busca su bienestar individual, y nada más que ello. Y aún cuando a principios de la década de 1950 John Nash, no solo formuló, sino que demostró matemáticamente, que esto no era cierto, el curso de la economía y los condicionamientos sociales siguen incuestionablemente apegados al fundamento Shimtsoniano.
 Sin embargo la realidad nos indica, cada vez más, que todos trabajamos para todos. El teléfono fabricado en Taiwán es usado por el campesino de La Pampa, el automóvil construido en Estados Unidos, conducido en Italia, el vino hecho en Francia bebido en Inglaterra. No existe trabajo en el mundo que no redunde en beneficio de alguien más (Solamente los trabajos relacionados con la especulación económica, que buscan exclusivamente el beneficio propio, aún en detrimento de la mayoría) Sin embargo nos han convencido que solo trabajamos para nosotros mismos, para ganar más dinero, para buscar exclusivamente nuestro bienestar personal, y  así progresar “socialmente” en la vida.
 Veámoslo de este modo: Un hombre trabaja construyendo un utensilio determinado que solo puede serle útil a él mismo ¿A quien se lo vendería? ¿Cómo conseguiría ganar dinero para alimentar a su familia? Seguramente este hombre moriría de hambre a menos que se dedicara a otra cosa, a algo que pudiera serle útil a los demás. Pues bien, si este hombre fabrica algo que le es útil al vecino y el vecino fabrica algo que le es útil a él, ¿para qué intercambiarlo por dinero? Allí se da el principio básico del trueque, que, aunque es absolutamente impracticable en el mundo actual, es mucho más genuino que el del intercambio monetario. El utensilio del uno le es útil al otro y el utensilio del otro le es útil al uno, el intercambio es de utilidad práctica y genuina, no lo intercambian por un trozo de papel que un tercero les dice que le es útil a los dos y del cual solo ese tercero sacará beneficios.
  Ahora elevemos este concepto al nivel de una aldea. En una aldea hay cinco campesinos, cuatro albañiles, tres sastres, dos maestros y un médico. Los quince habitantes de esta aldea deben, sin lugar a dudas comer, por lo cual les es indispensable el trabajo de los campesinos, pero también deben vestirse, y por ello también necesitan de los sastres, indudablemente es necesario guarecerse del clima, por lo cual los albañiles son fundamentales, y, claro está, deben educar a sus hijos, y curarse si alguno se enferma. Ahora bien, si todos necesitan tan estrechamente de todos, ¿por qué no disponer libremente del trabajo de todos? Ningún trabajo es en verdad más importante, pues todos hacen al funcionamiento de la aldea, los campesinos no pueden trabajar desnudos ni los albañiles dejar de alimentarse, los niños deben ser educados, y los maestros tener escuelas, y por supuesto tanto unos como otros deben ser curados cuando se enferman. Allí hay un perfecto funcionamiento de cooperación mutua, pues aunque, por ejemplo, el médico jamás necesite del trabajo de un albañil, deberá enviar a sus hijos a una escuela construida por este. Es decir, en el cooperativismo, todos necesitamos de todos, aun cuando no necesitemos directamente del producto del trabajo del otro.
 Es cierto, el mundo moderno no es una aldea, aunque muchas veces se lo refiera como tal, pero el trabajo de todos esta igual de relacionado que en el ejemplo antes citado, y si algún aspecto de la producción, en algún lejano rincón del planeta se resiente por cualquier motivo, ello conlleva a un estremecimiento mundial.

IV
 De hecho, todos los condicionamientos que encuentra la sociedad actual para desarrollarse al tope de su capacidad son de índole económico. Los mercados regulan, no solo la producción, sino también las necesidades diarias. Las fluctuaciones de la economía hacen que dejen de construirse casas aun cuando muchos carecen de ellas, o que las fábricas de electrodomésticos deban radicarse en continentes donde la mayoría de sus habitantes no tendrán acceso a ellos. Y estas conductas irracionales del mercado, son avaladas por los más prestigiosos economistas y políticos del mundo.
 Las economías regionales se ven, constantemente limitadas en su expansión por, por ejemplo, la desocupación; sin embargo, para contrarrestar sus efectos, se recurren a elaboradas combinaciones de medidas como controlar el consumo para evitar inflación, provocando así la desocupación que, dicen, intentan combatir. Todos los males que los gobiernos enfrentan son, en su enorme mayoría, económicos.  Incluso las diferencias raciales tienen muchas veces un origen económico por sobre uno étnico. El obrero metalúrgico de un país, protesta contra las importaciones de otro, no porque tenga algo contra los habitantes de esa nación, sino porque ello afecta a su economía, y, sin embargo, las descargas de estos suelen repercutir en manifestaciones de tipo xenofóbicas. Hitler mismo, exacerbó el odio racial contra los judíos justificándolo en un origen económico al presentarlos como los culpables del hambre y la usura de la nación Alemana. La economía, en definitiva, es responsable de todos los problemas que argumenta intentar combatir, y sin embargo, a nadie jamás se lo ha escuchado decir que una solución para ello sería librarnos de ella.
 Nunca se le ocurriría al hombre curar a un alcohólico permitiéndosele entregarse a su adicción, ni a un enfermo de cáncer inyectándosele más células enfermas. Sin embargo la economía ha logrado convencernos una y otra vez, que ella puede subsanar todos los males que genera, aplicando los mismos principios que les han dado origen. ¿Cómo es posible que una costurera sea despedida en un país donde hay niños que no tienen qué vestir? ¿Cómo puede un operario automotriz ser cesanteado donde solo el cinco por ciento de la población tiene acceso a un cero kilómetro? ¿Cómo un obrero de la construcción tiene que mendigar un puesto de trabajo, y aceptarlo en condiciones de seguridad cero, habiendo tantos sin vivienda? La respuesta es siempre la misma. El dinero no alcanza. No es que no haya necesidad de esos servicios o productos, no es que no haya disponibilidad de mano de obra, no es que no haya capacitación; sino que es, simple y llanamente, el dinero que no alcanza para ello, los costos que deben bajarse, los dictados del mercado. El dinero ha venido a convertirse en el único freno del desarrollo, y si logramos su eliminación, todas las fuerzas productivas del hombre podrán ponerse al servicio de él, y no del dinero.

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