miércoles, 16 de enero de 2013

Capítulo Primero: Filosofía del movimiento Cooperativista



La corrupción del poder
I
El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, dijo Lord Acton. Y más allá del ingenioso juego de palabras, día a día notamos que esto es una realidad indiscutible. Un simple pantallazo por la historia bastará para revelarnos que siempre el hombre, al ejercitar el poder, termina, en mayor o menor medida, corrompido. Desde la decadencia de los grandes imperios, hasta la aniquilación de las revoluciones libertarias, se han producido siempre por la corrupción a la cual el poder cede. El monarca, o el presidente, el parlamento o el líder revolucionario, son confrontados a diario con sus propias miserias humanas, cuando el poder comienza a ejercer en ellos el mágico influjo de sus designios. No existe gobierno capaz de dominar ese ansia, ni régimen que logre desterrar de todos sus integrantes la corrupción a la cual el poder nos somete, pues si solo un hombre sucumbe ante esto, todo el movimiento será a la postre corrompido. No ha encontrado la humanidad, hasta la fecha, forma de lograr emanciparse de este mal. No ha habido palabra ni castigo que consiguiera sacar de sobre los gobiernos del mundo el manto infame de la corrupción del poder.
 Podría concluirse por esto mismo, que la naturaleza humana es corrupta, y de allí la imposibilidad de liberación. Sin embargo, ello sería invertir el orden de los factores, para alterar el producto resultante; pues no hablamos aquí de la corrupción en sí, sino del poder que nos hace caer en ella. No es, de este modo, el hombre corrupto por naturaleza, sino que solo se corrompe al ostentar sobre sí el manejo del poder. Sin embargo, el concepto mismo de este principio, a pruebas vistas, inexorable; es de una consistencia tan subjetiva, que nos hace perder de vista el origen de su fundamentación.
 El poder corrompe. Pero, ¿qué es el poder? Si todos nacemos iguales, desnudos y en el llanto, necesitados de la leche materna para subsistir, indefensos ante las inclemencias de un mundo hostil a nuestra conformación de infante, ¿cómo puede ser que algunos hombres prevalezcan sobre otros en la manipulación de un poder sobre sus iguales?
 Es verdaderamente curioso, pero nos han enseñado, desde hace mucho tiempo que el poder corrompe, e, increíblemente, han olvidado explicarnos qué es el poder; para que podamos defendernos de él.

II
Partamos de una hipótesis, que no pretende veracidad científica, sino simplemente recurso argumentativo. Supongamos que, cuando el hombre aún no era el hombre, (desde un planteo evolucionista) se comportaba como un mamífero más sobre la tierra, y por ello su conducta social estaría estructurada como la de una manada; con sus hembras cuidando las crías, sus machos cazando o recolectando para todos, y, por supuesto, su macho dominante como líder. El líder es, por esta cuestión de la selección natural, quien se apareará con las hembras; su fortaleza física presupone en este planteo hipotético creado por Darwin, que las crías resultantes de este apareamiento tendrán más posibilidades de sobrevivir, que las resultantes del apareamiento con machos más débiles. El macho dominante es el más fuerte y mientras continúe siendo el más fuerte, seguirá rigiendo la manada; él comerá primero y mejor, y su vida será despreocupada.  Allí no hay corrupción posible porque, al profundizar en el concepto, notamos que ese aparente poder no es tal. El líder de la manada cumple una función específica dentro de la misma, como todos los demás, y sus atribuciones no son ni más ni menos que las del resto. Él es el encargado de la prole y para ello necesita el mejor alimento y el mayor ahorro de energía, pues en ello va la continuidad de la especie. Al mismo tiempo, no sería nada de él sin los cazadores ni las criadoras; cada uno cumple su función, y los conflictos que ocasionan su situación de macho dominante están dados, mayoritariamente, en la necesidad natural de los otros machos de aparearse también. Tal vez el sistema no sea noble ni bueno, pero es un sistema fundamentado en lo animal, es decir, en lo irracional y no puede pretenderse de él algo mejor o más justo.  
 Pero sucede que un día el hombre comienza a ser hombre, escucha dentro de sí la voz de la razón que le habla y comprende que debe separarse del resto de los animales y sus procedimientos. Mira a su manada y entiende que su reinado es finito, que un día sus fuerzas menguarán y otro macho, más joven le arrebatará el poder de aparearse condenándolo al destierro de la manada y a la muerte por inanición. Entonces piensa: “Tengo que hacer algo para evitarlo.”  Así junta a tres o cuatro machos fuertes y les dice: “Esto no puede seguir así, ustedes tienen derecho a algo mejor. Si cuando mi fuerza decline me siguen sosteniendo como líder de la manada, yo les permitiré ahora mismo aparearse con algunas hembras (viejas o estériles) y los dejaré comer primero de las sobras que yo deje.” Los otros tres o cuatro hombres fuertes, pero muy jóvenes aún para hacerles frente, aceptan el trato por considerarlo provechoso para ellos, y la evolución sigue su curso.  La manada deja de ser una sociedad donde cada uno cumple un rol específico compartiendo mutuamente los beneficios de ello, y pasa a transformarse, movido por los intereses de la posesión propia por sobre la común,  en un feudo, con rey, ejército, y plebe. La corrupción ha comenzado, porque el poder ha comenzado.
 El planteo es absolutamente ficcional, y podrá tachárselo de eso mismo en desmedro de la argumentación, sin embargo vale como ejemplo. Porque haya sido cómo haya sido la evolución de la sociedad humana, hubo un punto en el cual dicha sociedad entre los hombres dejó de ser tal, para ceder terreno a la explotación de los unos sobre los otros. Y en ese punto, corrupción y poder nacieron al unísono. No hay argumentación lógica que permita el sostenimiento del poder en unos pocos en desmedro de la mayoría, si esos pocos no han pactado beneficiarse entre ellos. Es decir, de la única manera que la sociedad pudo haber evolucionado en la forma que lo ha hecho, es con la connivencia constante y sistemática entre poder y corrupción.

III
 Pero bien, y volviendo al ejemplo antes citado, ¿por qué los tres o cuatro hombres jóvenes aceptaron la propuesta del macho dominante, y cual fue el recurso utilizado por este para convencerlos? Sencillamente algo que deseaban y no poseían, el derecho a aparearse. El poder nace de la posesión. Quien posee algo que el otro no posee, ostentará, a la postre, un poder sobre él. Y quien quiere alcanzar aquello que le es negado, buscará el poder para obtenerlo, aunque para alcanzarlo, deba corromper o corromperse. El poder y la corrupción están íntimamente ligados a esto. Siempre quien pretende el poder busca acceder a algo que no posee, y quienes se corrompen lo hacen para obtener algo de lo cual carecen. El acceso al poder se basa en la obtención de un algo; ya sean el enriquecimiento personal, o el mejoramiento de las condiciones sociales, y la corrupción (ya sea en relación al poder o no) también. Así podemos ver cómo antaño un príncipe conspiraba contra su rey, para llegar al trono; o, en épocas más recientes, cómo un candidato a la presidencia de un país accede a condicionamientos empresariales para financiar su campaña y ganar las elecciones. También, en esta estructura, cabe el ejemplo del líder revolucionario movilizando a la masa descontenta; o la del dictador golpeando la puerta de los cuarteles. Todo ascenso al poder, por los medios y las causas que fueran, se trata de un hombre o un grupo, intentando alcanzar algo de lo cual carecen. Y esto conlleva a que en torno a él, o ellos, se reúnan una pléyade de personajes con similares anhelos; quizá no en tanto de ascensión al poder, pero si en tanto de obtener, merced a su cargo o posición, algo de lo cual carecen.
 De esta forma, si continuáramos en el tiempo el ejemplo del macho dominante y su ejército, veríamos que no pasaría mucho para que uno de los subalternos se reuniera con los otros y susurrara a sus oídos: “¿Por qué tenemos que conformarnos con estas hembras viejas y estériles, y con la comida que él desecha? Nosotros unidos podríamos vencerlo y repartirnos aquello que él posee.” Y hecho esto, no pasará mucho más sin que comiencen a rivalizar entre ellos mismos por la parte del otro. Pues es condición general del hombre mejorar su situación, o incrementar sus posesiones. Y así llegamos a un estamento más sutil de esta construcción argumental: Las posesiones.

IV
 Si a un hombre le falta algo (Apartando de esta argumentación los recursos básicos para la supervivencia) es por dos razones, una por contrastarlo con aquello que posee, y otra es por ver que alguien más lo tiene. Si todos tuviéramos lo mismo seguramente no notaríamos qué es aquello que nos falta, y si ninguno tuviera nada, entonces nada nos faltaría. Las sociedades actuales han logrado convencer al ser humano que necesita muchas más cosas de las que en verdad le son necesarias. Sin embargo, hemos llegado a un punto como sociedad, en el cual prescindir de ellas se hace muy difícil, por no decir imposible. La vida actual, con toda su parafernalia electrónica y sobreexposición publicitaria, ha conducido al hombre y a la mujer de hoy a creer que no es concebible la existencia sin telefonía celular o acceso a Internet. Los individuos de las sociedades modernas han aprendido a relacionarse mucho más en redes virtuales que en el cara a cara; y  el número de posesiones del hombre y la mujer promedio, suele superar por mucho aquello que le es en verdad necesario, o, incluso, útil. De este modo, el individuo de hoy está dividido en dos clases; los que tienen de más sin saberlo y los que no tienen nada sin poder evitarlo. Más allá de esto, la firme sensación de incompletud que el consumismo exacerbado trae aparejado para poder funcionar, nos impulsa constantemente a desear todo aquello que se nos ofrece por los medios publicitarios. Es condición sine qua non de las actuales sociedades, que el individuo se sienta incompleto, para llenar ese vacío con la pulsión de consumir. Y esta tendencia desenfrenada por el consumo, es, además de muchas otras cosas, extremadamente funcional a la corrupción. Pues cuanto más necesidad de posesiones tenga una persona, más limitado a alcanzarlas se verá, y más factible de corromperse será, con tal de acceder a ellas. Incluso actualmente se ha llegado al nivel de poder corromper o someter al individuo, no solo para alcanzar aquello que no posee, sino para no perder aquello que ya alcanzó.
En la edad media, o incluso en las primeras décadas de la revolución industrial, el ser humano se corrompía por hambre. Los poderosos mantenían al pueblo al borde de la inanición para conseguir de ellos mano de obra casi esclava. Sin embargo aprendieron con los años que en esos mismos hambrientos había una fuerza mucho más redituable que la simple y llana mano de obra, y esta fuerza era el consumo. Entonces se cambió el hambre por la necesidad de cosas superfluas e innecesarias. Y ahora el ser humano ya no está esclavizado a cambio de un mendrugo de pan que le permita mantenerse con vida, sino para acceder a todo aquello que le hicieron considerar indispensable para vivir.
 A pesar de esto, no se plantea aquí ningún retroceso en el nivel de vida medio de la población, (Aun considerando muchas de las posesiones de la vida moderna como superfluas o innecesarias, ellas ya son derechos adquiridos de los ciudadanos, y por ende son irrenunciables) sino que solo se busca desenmarañar el intrincado y corrupto ovillo del poder. El combatir las posesiones como forma de combatir la corrupción del poder, es perder la lucha antes de comenzarla, y no es sensato transitar ese camino. Si nos han asegurado que necesitamos todas estas cosas para vivir, entonces ahora nos corresponden por derecho. Llevan siglos educándonos en el consumo creyendo que con el estómago más o menos lleno seríamos más fáciles de manipular, y de hecho lo somos; sin embargo la increíble industria devenida de ello, a logrado conectar a todas las fuerzas de las distintas sociedades de tal modo, que el cooperativismo es ya como una fruta madura que espera ser cosechada.

El dinero y el trabajo



I
Sin embargo las posesiones no son frutos que crecen en los árboles y que unos acaparan en desmedro de los otros. El engañoso artilugio de la propaganda y la educación recibida no nos deja ver que debajo de ellas se esconde una fuerza aún mayor. La fuerza real, el iceberg escondido capaz de hacer zozobrar a cualquier Titánic. Hay algo que todas las posesiones, desde la más pequeña e insignificante, hasta la más fastuosa y exagerada, tienen en común; y es el modo de alcanzarlas. Suele decirse que las verdades más evidentes pasan a menudo ante nuestros ojos sin que podamos verlas, y en este caso lo evidente es que: ya sea por medio de nuestro trabajo, ya sea por la explotación del otro, ya sea cediendo a la corrupción corporativa o estatal, todo aquello que poseemos o anhelamos poseer tiene un precio. Incluso hay un refrán que reza: “Todo hombre tiene precio.” Y he aquí el verdadero mal a combatir.
 Desde un plato de arroz hervido hasta un transatlántico de lujo, desde un automóvil deportivo hasta una bombilla eléctrica, todo, es adquirido con dinero. El dinero es el motor indiscutido de la economía, y la economía el dios del mundo actual. Trabajamos por dinero, consumimos con dinero, y somos explotados por dinero. El dinero hace que un hombre abra la puerta del coche de otro hombre para que este descienda. El dinero hace que una mujer cocine la comida que otra comerá. El dinero hace que una persona duerma en un pent house y otro debajo de un puente. El dinero hace que unos vomiten para seguir comiendo y otros mueran de hambre. El dinero nos da aquello que necesitamos pero también nos priva de aquello otro que deseamos. El dinero nos permite ayudar a otros pero también es el responsable que esos otros necesiten de nuestra ayuda. El dinero puede poner un gobierno a funcionar, pero también derribarlo. El dinero puede darle herramientas a una revolución social, pero también corromperla. Porque el dinero es el encargado de darnos posesiones, pero las posesiones son las encargadas de hacernos desear aquello que no poseemos, y desear alcanzar aquello que no poseemos nos empuja a luchar por poder, y el poder corrompe; y el poder absoluto corrompe absolutamente.
 Viéndolo de este modo, se comprende que el único modo de luchar contra la corrupción es luchar contra el poder, y luchar contra el poder es luchar contra el dinero. Porque si el poder lo da la posesión de una cosa, y la posesión de esa cosa se adquiere con dinero; entonces el poder es el dinero, y el dinero corrupción. Siendo así, solo aboliendo el dinero como medio de obtener posesiones, el poder cesará, y con él la corrupción.
Antiguamente la lucha de clases estaba dada en la eliminación de la propiedad privada, pues se la consideraba causa fundamental de dicha diferencia, sin embargo el tiempo nos ha mostrado que no es allí donde radica el origen de ese mal, pues la propiedad privada solo es otro hijo directo del dinero. No es posible combatir la propiedad privada y mantener los fundamentos que le dan origen. Muchas teorías se han desarrollado al respecto, y sin embargo todas conservan en sí el mal primigenio de utilizar algún tipo de elemento como moneda de cambio. Es decir, algo que sustituya al dinero, pero manteniendo sus facultades. Es un error. Es el gran error que ha hecho naufragar una y otra vez todas las teorías libertarias, y todas las revoluciones sociales. La lucha real no debe ser librada contra, las posesiones o la propiedad privada, sino contra el dinero que les da origen. No más contra el señor feudal, no contra el opresor de turno, no contra el capital como modos de deslindar la responsabilidad en el síntoma y no en la causa. La causa real del mal en el mundo es el dinero, y solo podremos acabar con todo atisbo de poder y corrupción, de intención de dominio de unos sobre otros, si logramos erradicar de la vida social del hombre, al dinero.
 Pero luchar contra el dinero parece, a primera vista, una absoluta locura. ¿Cómo haríamos en las sociedades actuales para comerciar sin dinero? ¿Con qué compraríamos nuestra comida o vestiríamos a nuestros hijos? ¿Cómo se sostendría la economía? Pensar en un mundo sin dinero es casi el equivalente a pensar en un mundo sin civilización. Sin embargo, el sistema monetario hace mucho tiempo que está obsoleto y solo es sostenido por esos mismos intereses que continúan enriqueciéndose a costillas de nuestro trabajo y sacrificio.

II
 Detengámonos un instante en el dinero. Todo aquello que tenemos en nuestras vidas, fue comprado con él, y eso es algo que está tan asimilado en nosotros, que solo nos lo planteamos cuando el dinero no alcanza. ¿Sin embargo, de dónde obtenemos el dinero para comprar esas cosas? De nuestro trabajo. Este otro concepto está tan manipulado y deformado que no solo no reparamos en el verdadero valor del trabajo, sino que solo podemos pensar en trabajar para ganar dinero, haciéndosenos más importante, el fin que el medio; invirtiendo tan profundo dentro de nuestras mentes el orden de los valores, que, no solo somos convencidos de la importancia del dinero sobre el trabajo, sino que además actuamos y trabajamos consecuentes a ello.
 Ahora bien, si no trabajamos no tenemos dinero, y si no tenemos dinero no podemos adquirir aquello que deseamos o necesitamos. ¿No hay algo que sobra en esta ecuación? ¿Si lo que poseemos es, en definitiva el fruto de nuestro trabajo, de nuestras manos o nuestra capacidad intelectual; el dinero, no pasa a ser solo un intermediario entre nosotros y aquello que deseamos y necesitamos para vivir y desarrollarnos? ¿No salta a la vista, por el solo hecho de detenernos en ello, que todo cuanto tenemos lo hemos ganado con nuestro trabajo y no con el dinero? ¿Y si esto es así, por qué continuamos ciegos e irracionales detrás de él?
 Hay un precepto filosófico que dice que la conciencia sobre un algo dota a ese algo de existencia. Pues bien, el dinero no es más que una ficción en la cual todos creemos y por ello le es factible el existir. Si nosotros dejásemos de creer en él, él, inevitablemente carecería de valor y no serviría para nada. Antiguamente el dinero estaba respaldado por oro (Otra ficción de la cual nos convencieron para poder dominarnos) y el valor de esos pedacitos de papel pintados estaba dado por el oro que había en las bóvedas de los bancos nacionales. Hoy el papel está respaldado por otros papeles, y esos otros papeles están respaldados por la confianza de la gente en quien dice respaldarlos. Es decir, la economía mundial se basa en que todos los hombres y mujeres del mundo, creemos que ese papel tiene valor, porque cuatro o cinco banqueros internacionales nos dicen que lo tiene. Esos mismos cuatro o cinco banqueros que destrozan economías enteras para obtener mayores rentas, que saquean naciones para ganar nuevos mercados, que hambrean pueblos enteros para tener mano de obra barata, o que inician sangrientas guerras para quedarse con el petróleo y recursos naturales de un país. En esas personas creemos nosotros cuando tomamos un pedazo de papel pintado en nuestras manos y les damos el valor que ellos dicen que tiene.

III
Pues bien, si el verdadero valor del hombre es el trabajo, ¿por qué es esto así? Simplemente porque trabajar es un hecho, no solo social, sino que también cooperativo. La sociedad no puede desarrollarse sin la cooperación de los hombres y mujeres que la componen. La misma palabra “sociedad” refiere a ello. Sin embargo no solo nos han hecho olvidar esto, sino que nos han convencido que en el principio individualista de buscar la mayor fortuna personal, las sociedades evolucionarían hasta alcanzar el estado de bienestar absoluto, haciendo de este modo añicos el concepto mismo de la palabra “Sociedad”. Todas las doctrinas económicas actuales se basan en el fundamento hecho por Adam Shmit en el año 1776 cuando publicó su obra “La riqueza de las naciones” esbozando así su tesis principal donde propone que el grado máximo de bienestar social es alcanzado cuando cada individuo, de manera egoísta, busca su bienestar individual, y nada más que ello. Y aún cuando a principios de la década de 1950 John Nash, no solo formuló, sino que demostró matemáticamente, que esto no era cierto, el curso de la economía y los condicionamientos sociales siguen incuestionablemente apegados al fundamento Shimtsoniano.
 Sin embargo la realidad nos indica, cada vez más, que todos trabajamos para todos. El teléfono fabricado en Taiwán es usado por el campesino de La Pampa, el automóvil construido en Estados Unidos, conducido en Italia, el vino hecho en Francia bebido en Inglaterra. No existe trabajo en el mundo que no redunde en beneficio de alguien más (Solamente los trabajos relacionados con la especulación económica, que buscan exclusivamente el beneficio propio, aún en detrimento de la mayoría) Sin embargo nos han convencido que solo trabajamos para nosotros mismos, para ganar más dinero, para buscar exclusivamente nuestro bienestar personal, y  así progresar “socialmente” en la vida.
 Veámoslo de este modo: Un hombre trabaja construyendo un utensilio determinado que solo puede serle útil a él mismo ¿A quien se lo vendería? ¿Cómo conseguiría ganar dinero para alimentar a su familia? Seguramente este hombre moriría de hambre a menos que se dedicara a otra cosa, a algo que pudiera serle útil a los demás. Pues bien, si este hombre fabrica algo que le es útil al vecino y el vecino fabrica algo que le es útil a él, ¿para qué intercambiarlo por dinero? Allí se da el principio básico del trueque, que, aunque es absolutamente impracticable en el mundo actual, es mucho más genuino que el del intercambio monetario. El utensilio del uno le es útil al otro y el utensilio del otro le es útil al uno, el intercambio es de utilidad práctica y genuina, no lo intercambian por un trozo de papel que un tercero les dice que le es útil a los dos y del cual solo ese tercero sacará beneficios.
  Ahora elevemos este concepto al nivel de una aldea. En una aldea hay cinco campesinos, cuatro albañiles, tres sastres, dos maestros y un médico. Los quince habitantes de esta aldea deben, sin lugar a dudas comer, por lo cual les es indispensable el trabajo de los campesinos, pero también deben vestirse, y por ello también necesitan de los sastres, indudablemente es necesario guarecerse del clima, por lo cual los albañiles son fundamentales, y, claro está, deben educar a sus hijos, y curarse si alguno se enferma. Ahora bien, si todos necesitan tan estrechamente de todos, ¿por qué no disponer libremente del trabajo de todos? Ningún trabajo es en verdad más importante, pues todos hacen al funcionamiento de la aldea, los campesinos no pueden trabajar desnudos ni los albañiles dejar de alimentarse, los niños deben ser educados, y los maestros tener escuelas, y por supuesto tanto unos como otros deben ser curados cuando se enferman. Allí hay un perfecto funcionamiento de cooperación mutua, pues aunque, por ejemplo, el médico jamás necesite del trabajo de un albañil, deberá enviar a sus hijos a una escuela construida por este. Es decir, en el cooperativismo, todos necesitamos de todos, aun cuando no necesitemos directamente del producto del trabajo del otro.
 Es cierto, el mundo moderno no es una aldea, aunque muchas veces se lo refiera como tal, pero el trabajo de todos esta igual de relacionado que en el ejemplo antes citado, y si algún aspecto de la producción, en algún lejano rincón del planeta se resiente por cualquier motivo, ello conlleva a un estremecimiento mundial.

IV
 De hecho, todos los condicionamientos que encuentra la sociedad actual para desarrollarse al tope de su capacidad son de índole económico. Los mercados regulan, no solo la producción, sino también las necesidades diarias. Las fluctuaciones de la economía hacen que dejen de construirse casas aun cuando muchos carecen de ellas, o que las fábricas de electrodomésticos deban radicarse en continentes donde la mayoría de sus habitantes no tendrán acceso a ellos. Y estas conductas irracionales del mercado, son avaladas por los más prestigiosos economistas y políticos del mundo.
 Las economías regionales se ven, constantemente limitadas en su expansión por, por ejemplo, la desocupación; sin embargo, para contrarrestar sus efectos, se recurren a elaboradas combinaciones de medidas como controlar el consumo para evitar inflación, provocando así la desocupación que, dicen, intentan combatir. Todos los males que los gobiernos enfrentan son, en su enorme mayoría, económicos.  Incluso las diferencias raciales tienen muchas veces un origen económico por sobre uno étnico. El obrero metalúrgico de un país, protesta contra las importaciones de otro, no porque tenga algo contra los habitantes de esa nación, sino porque ello afecta a su economía, y, sin embargo, las descargas de estos suelen repercutir en manifestaciones de tipo xenofóbicas. Hitler mismo, exacerbó el odio racial contra los judíos justificándolo en un origen económico al presentarlos como los culpables del hambre y la usura de la nación Alemana. La economía, en definitiva, es responsable de todos los problemas que argumenta intentar combatir, y sin embargo, a nadie jamás se lo ha escuchado decir que una solución para ello sería librarnos de ella.
 Nunca se le ocurriría al hombre curar a un alcohólico permitiéndosele entregarse a su adicción, ni a un enfermo de cáncer inyectándosele más células enfermas. Sin embargo la economía ha logrado convencernos una y otra vez, que ella puede subsanar todos los males que genera, aplicando los mismos principios que les han dado origen. ¿Cómo es posible que una costurera sea despedida en un país donde hay niños que no tienen qué vestir? ¿Cómo puede un operario automotriz ser cesanteado donde solo el cinco por ciento de la población tiene acceso a un cero kilómetro? ¿Cómo un obrero de la construcción tiene que mendigar un puesto de trabajo, y aceptarlo en condiciones de seguridad cero, habiendo tantos sin vivienda? La respuesta es siempre la misma. El dinero no alcanza. No es que no haya necesidad de esos servicios o productos, no es que no haya disponibilidad de mano de obra, no es que no haya capacitación; sino que es, simple y llanamente, el dinero que no alcanza para ello, los costos que deben bajarse, los dictados del mercado. El dinero ha venido a convertirse en el único freno del desarrollo, y si logramos su eliminación, todas las fuerzas productivas del hombre podrán ponerse al servicio de él, y no del dinero.

Otros factores de poder



I
 Sin embargo, y más allá de esto, suelen haber otros factores de poder, que a primera vista parecen no estar relacionados con el dinero. Si volviéramos al ejemplo de la manada, podríamos concluir que el origen de la contienda fue, el derecho a aparearse, y no un bien material. Sin embargo hay que hacer aquí dos salvedades importantes. Primero, el principio de supervivencia del más apto es un concepto racional que propone la supremacía del hombre por el resto de las especies. El hombre posee inteligencia, lo cual lo convierte en el animal más apto para sobrevivir. Sin embargo, antes de alcanzar esta inteligencia racional, éramos animales luchando por la supervivencia. En ese mundo animal, se justificaba el concepto de reservar el apareamiento al macho más fuerte, pues así las crías tendrían mayores posibilidades de sobrevivir. Después de todo, ese animal solo tenía su fuerza para enfrentar a los depredadores que acechaban. Sin embargo, al acceder el hombre a la conciencia racional, su poder dejó de ser su fuerza y pasó a ser su inteligencia. Dentro de este nuevo cuadro de situación, ya no era necesario el apareamiento exclusivo con el más fuerte de la manada, pues un individuo increíblemente más débil, podría ser infinitamente más inteligente, asegurando así la supervivencia de sus crías con mayor eficacia que el primero. Sin embargo la fuerza prevaleció sobre la razón, y el más fuerte, para poder continuar manteniendo su dominio, convirtió a la hembra en una posesión con la cual negociar; lo cual nos lleva al segundo punto: La relación de pareja como una forma de posesión.
 Suena ridículo el plantear que un hombre o una mujer, en el mundo actual, ejerza un poder de posesión sobre el otro, sin embargo las relaciones de pareja se basan en este principio. Un hombre o una mujer sabe, al formar una pareja, que a partir de ese momento es, afectiva y sexualmente hablando, posesión exclusiva del ser amado. Ello no genera mayores conflictos al comienzo de dicha relación, porque acaba de alcanzarse el objeto del deseo, pero suele ser una carga difícil de sobrellevar conforme pasan los años. En general, toda pareja sufre un desgaste con el tiempo que, en algunos casos, puede llevar a uno de sus integrantes a desear la disolución. Más allá del afecto que se halle en juego, las mayores dificultades se presentan cuando el otro integrante, arraigado en la posesión de su cónyuge, olvida el principio de igualdad que los une, y se niega a desprenderse de él. El conflicto resultante se basa en una actitud posesiva. Y una persona solo puede ser posesiva con aquello que considera de su propiedad.
 Si bien el ejemplo está extremadamente simplificado, psicológicamente hablando, es porque la cuestión es mucho más antropológica que psicológica. Si aquel líder primitivo de la manada, en lugar de acaparar para sí las mejores hembras, sometiéndolas y convirtiéndolas en su posesión, hubiese sido consecuente con la evolución de su psiquis; tendría que haber dictaminado la igualdad absoluta y libertad de elección entre hembras y machos. Así, al ser iguales en el derecho de elección, y elegir cada uno con quién aparearse o no, la tensión hubiera disminuido grandemente y, a la postre, la manada se habría convertido en una unidad mucho más armoniosa. Después de todo, la naturaleza humana es polígama y no monógama, como nos han hecho creer por una cuestión mucho más administrativa que moral. (En el reino animal la monogamia se manifiesta en animales que tienen una sola pareja en toda su vida, y si ésta muere, no vuelven a formar una nueva. Cosa que en el desarrollo humano, jamás se dio naturalmente, sino solo por imposición social o dogmática.)
 La posición del cooperativismo en este aspecto (Y vale aclararlo para evitar confusiones, o maliciosas interpretaciones) es que el ser humano debe ser absolutamente libre de formar pareja con quien quiera y por el tiempo que lo desee, sin que ello conduzca a una posesión del otro. La pareja, como toda sociedad, es de común acuerdo, y si bien puede durar toda la vida, también puede diluirse con los años. En toda sociedad entre particulares, cuando aparecen conflictos insoslayables, o una de las partes ya no está de acuerdo con los términos planteados, tiene derecho a desvincularse de ella, sin que el otro pueda argüir derechos de posesión sobre la persona para impedírselo. En una sociedad altamente educada en los principios de cooperación mutua, y sin los conflictos que la economía genera en los individuos, estamos seguros que las parejas serán mucho más estables que en la actualidad; donde la mayor causa de divorcios se producen por infidelidad, o conflictos económicos entre los cónyuges. 

II
 Así mismo, la cuestión energética, es, en la actualidad, la más grande estratagema con que cuentan los poderosos para hacer su voluntad sobre el resto de los hombres. El petróleo, y su no renovabilidad, hace que acapararlo y explotarlo convierta aun hombre común, en alguien con facultad para determinar el destino de una nación, o, incluso, del planeta entero. Ante esto, muchos serán quienes pueden argumentar en contra de la abolición del dinero, por considerar que el verdadero poder esta en otros factores (Y el energético es el ejemplo más encumbrado que puede existir) Sin embargo, aun el petróleo es comprado con dinero, y su sostenimiento a escala global es solo para generar más ingreso de divisas a quienes lo controlan.
 Es cierto que por petróleo se han iniciado guerras terribles, se han colocado y derrocado tanto dictadores como gobiernos democráticos, se ha enviado a miles de jóvenes a morir sin saber por qué, etc. Pero el petróleo, a diferencia de lo que nos han hecho creer, no es quien mueve a la economía, sino que solo es un recurso energético más, y hace más de cincuenta años que es obsoleto. Ocurre que, manteniéndolo, los poderosos encontraron una forma sumamente eficaz para seguir chantajeando al mundo.
 La ciencia, en la actualidad, tiene muchos medios para sustituir al petróleo, y si no se han desarrollado adecuadamente, es por coacción de los grandes intereses internacionales que sostienen y financian a los gobiernos. El petróleo no es más que una vil excusa que han puesto ante nuestros ojos para distraernos (como siempre lo han hecho) de la verdadera raíz del problema mundial. El petróleo, amparado en su utilidad energética, es a esta altura de la evolución humana, otra moneda de cambio, otro papel pintado más, que solo tiene valor porque nosotros se lo damos, y porque nos han convencido que es indispensable e insustituible. Pero la realidad es que, en un mundo cooperativo, donde todos trabajemos por el bienestar del prójimo y no por su dominio, sin el freno que el interés económico le pone a la ciencia, el problema energético no será tal, y su solución se alcanzará, rápida y efectivamente.

III
Otro factor de poder sumamente enquistado en las sociedades humanas desde hace milenios es el religioso. El hombre tiene necesidad de lo espiritual, y eso es un derecho fundamental que no puede serle negado. El ser humano, desde lo evolutivo, creyó en un dios, antes que en sí mismo, y esta es una realidad que no debe ser ignorada o menospreciada en la constitución de una nueva sociedad. La libertad de culto no puede ser negada a ningún hombre, así como ninguna fe en particular, puede arrogarse el derecho de supremacía sobre las otras. Pero, como la historia de la civilización nos enseña que la fe ha sido utilizada una y otra vez para coaccionar las voluntades individuales, o explotar la miseria y desesperación de los otros, habrá sin dudas que tomar recaudos en sus procederes.
 Los líderes religiosos han sabido convencer a sus feligreses, no solo que la fe que profesan es la verdad única y absoluta, sino que también son ellos, sus líderes, los encargados de intermediar entre el pueblo y su dios. Esto, más allá de las implicancias que saltan a la vista, encierra también otras mucho más sutiles. Por ejemplo, la pertenencia a un grupo que es visto discriminado del resto merced a su virtud, genera un sentimiento de hostilidad hacia el resto tanto o más difícil de erradicar que el de la posesión material, y el cooperativismo deberá poner en ello especial atención y cuidado. Un hombre dispuesto a morir por su fe, no solo es más fuerte y peligroso que un hombre dispuesto a morir por un plato de comida, sino que también es mucho más manipulable. Y aunque los hechos de fe aparezcan altamente altruistas y desinteresados, en la realidad ulterior de sus intenciones terminan por no serlo. En las congregaciones religiosas, la corrupción material ha mutado en otro tipo de corrupción, la del ser espiritual; que a los fines de la posesión, es similar. Un fundamentalista que entrega su vida por su causa lo hace convencido en el bien común, pero buscando un bien personal; ser redimido ante su dios y ganar el derecho al paraíso. Pongámosle a ese mismo hombre la opción de no tener que ofrendar su vida para ser salvo, y de seguro no la ofrendará. Es decir, la posesión con la cual comercian las religiones es, precisamente, el paraíso (También aplicable, en otros aspectos, a los reencarnacionistas y otros). El paraíso, o la redención, le pertenece a esa religión en particular, y para obtenerlo hay que obedecer aquello que esa religión en particular nos ordena, ejerciendo así, su poder sobre nosotros. La moneda de cambio utilizada aquí es la salvación o evolución del alma; y a través de ella, los líderes acceden a una moneda de cambio mucho más terrenal, el dinero de sus fieles.
 Pero el problema actual de la fe no es, como nunca lo ha sido, los fieles, sino los dirigentes. Son los dirigentes de la fe, quienes han convertido a la espiritualidad en un bien material con el cual llenar sus bolsillos de billetes. Ya sea por beneficio propio, o de la comunidad a la cual pertenecen, las órdenes religiosas en general, viven de sus fieles y se enriquecen de ellos. Desde el monje que cambia la intermediación ante la deidad por la ofrenda del campesino con la cual ha de alimentarse, hasta el sacerdote rodeado de lujos y objetos de arte en su catedral, todos los líderes religiosos actuales, utilizan la fe como medio de vida u obtención de poder. El cooperativismo, conciente de ello, no propugna la abolición de las religiones ni el descrédito de ellas. Pero tampoco puede permitir el usufructo que hacen unos pocos de la fe de muchos.
 Así, el planteo se presenta simple. Las religiones del mundo, sea cual fuera su denominación y fundamento, no podrán permanecer ajenas a la estructura cooperativista, y deberán adecuar sus funcionamientos administrativos internos, a las doctrinas de cooperación que propugnamos. Ningún hombre, dentro de una orden religiosa, podrá ostentar un cargo que lo eleve sobre otro hombre en representación ante su dios, ni vivir del trabajo de otro hombre para evitar el suyo propio. Un monje, un cura, un rabino, o un pastor; deberán, dentro de la organización cooperativista, atenerse a la formación moral de su credo particular, y al consuelo y auxilio espiritual de su congregación, sin por esto dejar de prestar su contribución laboral al sistema con un oficio que no sea el espiritual, sino de mantenimiento material de la sociedad; quedando su labor eclesiástica, para sus momentos de ocio y esparcimiento, (Ver administración de la fuerza laboral) los cuales, dentro del cooperativismo serán mucho más amplios que actualmente.
 Cuando los líderes religiosos no obtengan réditos materiales de sus cargos clericales, y la educación en la igualdad de todos los hombres sea el bien más preciado de la humanidad, las religiones serán aquello que nunca debieron dejar de ser, el alimento espiritual indispensable que ligue al hombre con lo intangible.

IV
 Hay, además de estos, otros dos factores, también culturales, que sí será necesario eliminar de sobre la faz de la tierra para que el cooperativismo prevalezca en beneficio de todos los hombres y mujeres del mundo. Uno, altamente difundido entre las clases medias y bajas de la sociedad (Aunque también en las altas), es la escasez de recursos. Y el otro, mucho más difundido en las clases altas y medias altas (Aunque también en las bajas), es la división del genero humano en castas, entre las cuales las más altas, tienen, por decirlo así, el derecho divino de, no solo gobernar, sino también explotar a las otras por ser inferiores y no estar capacitadas para otra cosa.
 Empezando por la primera, basta ojear los libros de texto para saber que, ya en los albores de la revolución industrial, (Y antes también) la escasez de recursos era utilizado como excusa para someter a la mayor parte del pueblo a la pobreza. Esto era así por una doble razón, primero, a mayor cantidad de pobres podrá haber más disponibilidad de mano de obra en condiciones precarias y mal asalariada. (Si por cada empleado hay cinco desempleados esperando su puesto, el trabajador no puede hacer valer como debiera su mano de obra ni su capacidad intelectual, pues sería fácilmente despedido y reemplazado. Así mismo, el derecho a huelga se ve sumamente debilitado si por cada uno de los huelguistas hay tres personas esperando hacer el trabajo que este se niega) y segundo porque si los recursos no alcanzan, los poderosos verán amenazado su nivel de vida ante el avance económico de las clases bajas, lo cual facilitaría la corrupción en las altas esferas. (Por ejemplo: Si esto no alcanza para todos, unámonos a fin que sea nuestro y no de otros, o lo perderemos por completo)  A finales del siglo XIX, con la mayor parte de la población en vías de ser industrializada, con los campos devastados o explotados por los terratenientes y las aspiraciones del hombre medio, limitadas casi exclusivamente a un trabajo miserable que le permitiera comer hasta los cuarenta años, fecha en la cual seguramente moriría de agotamiento; con esa infinidad de recursos aún por explotarse, y con esa masa humana dispuesta a explotarlas por prácticamente nada a cambio, el discurso del stablishmen ya era la escasez de recursos. Mentira. El mundo tenía entonces, y aún conserva, los recursos necesarios para hacer sustentable la vida humana, en igualdad de condiciones, y sin variar notablemente el nivel medio de vida. Si el conjunto de la sociedad tomara en sus manos las prioridades productivas, y la distribución de recursos, todo alcanzaría para todos, y nadie tendría menos que nadie. Todo hombre produce más de lo que necesita para sí, y si todos los hombres produjeran, los productos resultantes sobrarían. La explotación de mineral ha sido, en la actualidad, enormemente aliviada mediante el reciclaje de los productos desechados, y si el cien por ciento de los desechos fueran reciclados íntegramente, la explotación mineral del planeta podría garantizar su sustentabilidad por muchos siglos más. La escasez de recursos, ya sean humanos o naturales es una vil mentira que no soporta la más superficial investigación de campo, y solo puede ser sostenida sumiendo al pueblo en la ignorancia y la desinformación. Hace cien años una hectárea de terreno producía cincuenta veces menos que hoy, y la construcción de un puente demandaba diez veces más acero que en la actualidad, y si bien la población mundial a crecido grandemente, la ciencia industrial y agropecuaria también. La optimización de recursos, y su proyección en una optimización aún mayor, hacen que la escasez de los mismos no sea excusa para el desarrollo de los pueblos, ni hace cien años, ni hoy.
 El segundo punto a tratar aquí era la creencia en seres humanos de clase superior. Día a día podemos ver a nuestro alrededor cómo, la gente común, con las mismas miserias y problemas, suele discriminarse entre sí. La cultura de la discriminación tiene, incluso, su aval bíblico cuando Dios le dijo a un pueblo que sería el elegido, poniéndolo por sobre los demás y discriminándolo del resto. Luchar contra más de cinco mil años de historia y cultura es algo sumamente difícil, pero que lentamente las sociedades han ido reviendo y corrigiendo (En la medida que lo económico se lo permite)
 Hoy, todos somos concientes que nuestro prójimo es nuestro igual, y aún a pesar de ello, solemos discriminar al otro mucho más de cuanto nos atrevemos a confesar. Por ejemplo, suele decírsenos, inocentemente, que si nos esforzamos, nos irá mejor; tendremos una casa más grande, un auto más lindo, atenderemos mejor a los nuestros y seremos mejores personas; sin notar (O tal vez sí, dependiendo el caso) que la contra relación de esto es la interpretación tácita que, entonces, quienes no tienen nada será porque no se esfuerzan y son personas peores (Y por peores inferiores). Así el largo y penoso camino de la discriminación es alimentado diariamente desde las miles de ambigüedades sociales que nos rodean, y aún a pesar de ello, todos sabemos que debemos corregir ese mal.
 Sin embargo, cuanto más subimos en la escala social, el concepto de discriminación se exacerba más y más. Playas privadas, clubes privados, barrios privados; no hacen más que separar a unos pocos del resto, por la simple razón de considerarse diferentes. Ellos son quienes, “merced a su esfuerzo”, se han transformado en “mejores personas” que nosotros, y por ello deben mantenerse separados. Solo los que están en la cima de esta pirámide tienen acceso a mejores lugares, mejores autos, mejores casas, mejores ropas, mejores comidas; mejores vidas. Y, la conclusión ineludible a la cual llegan es: Si tenemos acceso a lo mejor, es porque somos mejores.
 Así, planteada la diferencia, quien se considera superior al otro presupone un derecho en su situación, y no renunciará a ella. Para ello, y amparado en la supremacía de su grupo por sobre el resto de los mortales, tomará el poder. Y como el poder corrompe, tejerá embustes, falseará verdades, manipulará opiniones, e incluso someterá a naciones enteras al atraso y la inanición; porque total, esas personas son inferiores, no se esfuerzan, casi ni son humanos, son una masa reemplazable que está allí para servirse de ellos. Quien haya investigado un poco la historia sabrá que, en este punto, no hay tanta diferencia entre los jerarcas de la Alemania nazi, y los gobernantes de las actuales sociedades democráticas y civilizadas; unos construían campos de concentración en Europa, otros convierten a países enteros en campos de exterminio donde sus habitantes mueren de hambre y precariedad. Después de todo, es la misma política, ayornada a nuestros días, la que sigue en pie. Los nazis sostenían que los negros eran inferiores y debían ser discriminados, los Estados Unidos dicen que negros y blancos son iguales, sin embargo sus cárceles están llenas de “Afro-Americanos” que están allí solo por el color de su piel.
Así, entre quienes se creen superiores al resto, no es extraño el fomento de la corrupción a fin de seguir ejerciendo la supremacía sobre los demás. Así, entre quienes consideran a la masa social como seres de inferior calidad, no es extraño que condenen a cientos de miles de esos “sub-humanos” a morir en una guerra, en defensa de sus espurios intereses personales.
 Sin embargo, como se habrá podido ver, aún estos factores de corrupción, en apariencia deslindados del dinero, tienen su origen en él; y son síntomas, como todos los otros, del mismo mal.
 Habrá, sin dudas, quien diga: Antes de existir el dinero ya había corrupción y poder. Es verdad, nunca ha sido ello negado en estas páginas. Sin embargo, la sociedad humana ha crecido tanto en torno al dinero, los poderosos del mundo han basado de tal forma su poder en él, que lo han convertido en su talón de Aquiles. Y si hoy aboliéramos el dinero, ellos quedarían tan desnudos y desprotegidos, que nada ni nadie podría impedir que el hombre viera una verdad tan evidente, y se levantara contra ella.