I
Las empresas, ya sean privadas o estatales,
pasarán automáticamente a ser un bien común de todos los trabajadores. No
pudiendo, ni estado ni particulares, atribuirse derechos de manejo, control o
dominio sobre las mismas, hayan sido fundadas por quien hayan sido fundadas.
Como se a visto en los párrafos anteriores, todos los empleados de la empresa
(Incluidos sus antiguos dueños) podrán continuar ejerciendo su cargo por el
tiempo que estipula la organización cooperativista (Ver organización de la
fuerza laboral) siempre y cuando se demuestre en la práctica su capacidad para
ello.
La empresa, al igual que la sociedad,
(Dependiendo el número de sus empleados) también podrá ser dividida en
distintos estamentos que propicien la toma de decisiones por elección directa
de sus componentes. Por ejemplo: Una empresa automotriz con diez mil empleados
en su planta, podría dividirse en secciones como: talleres, línea de montaje,
administración, distribución, concesionarias, etc; y cada una de estas
secciones tomar decisiones independientes sobre la optimización de su fuerza,
capacidad, y recurso humano; las cuales serían luego consensuadas en un consejo
de secciones. (Así, las empresas pueden estructurarse y relacionarse entre sí,
de forma similar que el estado, no necesitando permiso o autorización de este
para su interrelación productiva)
Hay muchos ejemplos actuales de cómo empresas
cooperativas, con todas las limitaciones del mercantilismo actual, han logrado
organizarse, en muchos casos, mejor que cuando eran administradas desde una
cabeza central. Ahondar en ejemplos sería limitar las posibilidades que la
práctica del trabajo diario nos da y demuestra día a día. El cooperativismo es
hoy, y deberá seguir siendo siempre, una fuerza en constante desarrollo, pues
cuanto más cabezas se sumen al movimiento, más enriquecedor será el debate, y
mayor el número de posibilidades.
II
En efecto, no desconocemos que, en el mundo
actual, hay una diferencia muy grande entre quien trabaja en una fábrica o
comercio, y quien es el dueño de esa fábrica o comercio. Al saber del
cooperativismo, las diferencias de clases en tal sentido no deben ser
profundizadas por viejas antinomias, para que éstas puedan saldarse de manera
natural y pacífica. El empleador, o dueño de una fábrica o comercio, tendrá una
utilidad igual de productiva que el empleado que hasta ayer estaba bajo su
cargo y tutela; pero deberá adaptarse al nuevo sistema. El cooperativismo no
propugna la confiscación de bienes, en tal sentido. El hasta ayer dueño de una
empresa o comercio en particular, no deberá abandonar su cargo y su trabajo en
el cooperativismo a manos del proletariado, pues él es tan importante como
quien pone sus manos para la confección de un producto; y si ha venido
desarrollando un cargo gerencial, tal vez (Y solo tal vez) esté más capacitado
para ello que otro. Él sabe dónde solicitar materias primas, cómo distribuir
los productos, sabe sobre las fluctuaciones de las demandas; en general, él
será, seguramente, el más capacitado para, sin caer ya en espurios intereses de
enriquecimiento propio, orientar la fuerza productora de la empresa o
distribuir eficientemente sus productos.
Sin embargo deberá hacerlo sabiendo que esa
empresa ya no es de su propiedad exclusiva, sino un bien común, y que no tendrá
poder de mando sobre las decisiones de quienes estaban a su cargo, sino que
deberá consentir con ellos, como un trabajador más, los lineamientos generales;
debiendo prestar especial atención a las opiniones que surjan de la práctica en
los talleres.
El hasta ayer jefe, será un empleado más.
Trabajará en el mismo cargo que desempeñaba por el tiempo que el sistema le
demande, las mismas horas que el resto de los empleados y tendrá acceso a los
mismos beneficios que el resto de los empleados. La fábrica o empresa que
levantó en el viejo sistema mercantilista, (Fruto de su trabajo particular o la
explotación de sus congéneres) es, a partir del nuevo escenario, tanto de él
que la fundó, como de los empleados que la hicieron grande, y por extensión, de
la sociedad en su conjunto. De este modo, empleador y empleado pasan a ser
iguales en rango, no pudiendo ninguno de manera unilateral y arbitraria tomar
decisiones sobre el otro, o su trabajo. Sabemos, que esta nueva filosofía no
será aceptada fácilmente por quienes hoy detentan el poder, pero confiamos que
con el tiempo necesario, y la maduración intelectual del individuo y la
sociedad toda, se comprenderá cabalmente; y podrá, no solo ser aceptada, sino
también enriquecida.
III
Por su parte,
los hasta ayer empleados, serán quienes tendrán en sus manos el funcionamiento
integral de la empresa, como puede verse hoy mismo en las cooperativas
laborales que se han generado producto de las distintas crisis económicas.
Ellos son, por estar en contacto diario con las formas de producción, quienes
más saben qué necesita una empresa, o en que forma organizar el trabajo, para
producir más o mejor.
Vencidas las trabas económicas, el ambiente
laboral podrá ser un lugar apto para el desarrollo intelectual de los
trabajadores en pos de las tareas que realizan. Los ámbitos de trabajo, ya no
serán fríos en invierno, calurosos en verano, e inseguros los 365 días del año,
pues la economía que hacía al dueño de la empresa ahorrar recursos en
infraestructura para maximizar sus ganancias, habrá sido abolida, y serán los
trabajadores mismos quienes acondicionarán esos lugares para hacerlos
agradables a su tarea. También serán ellos, por estar en contacto diario con
ellas, quienes sabrán cuando una máquina
no es la correcta, o cuando podría ser mejorada de tal o cual manera; y no
necesitarán autorización de un estamento superior para modificar la línea de
producción con tal de optimizarla, sino solo ponerse de acuerdo en cómo
hacerlo. La cultura del trabajo, convertida actualmente en la venta particular
de una capacidad o una fuerza personal, será remplazada por la conciencia
social del trabajo en conjunto, en pos, ya no de un beneficio individual, sino
del bien general. Todos los hombres y mujeres del mundo trabajarán para todos
los hombres y mujeres del mundo por igual. Todos serán, en el sistema
cooperativista, empleados y empleadores a la vez, y ninguno en particular
tendrá poder de decisión sobre ninguno en particular.
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