miércoles, 16 de enero de 2013

Capítulo Primero: Filosofía del movimiento Cooperativista



La corrupción del poder
I
El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, dijo Lord Acton. Y más allá del ingenioso juego de palabras, día a día notamos que esto es una realidad indiscutible. Un simple pantallazo por la historia bastará para revelarnos que siempre el hombre, al ejercitar el poder, termina, en mayor o menor medida, corrompido. Desde la decadencia de los grandes imperios, hasta la aniquilación de las revoluciones libertarias, se han producido siempre por la corrupción a la cual el poder cede. El monarca, o el presidente, el parlamento o el líder revolucionario, son confrontados a diario con sus propias miserias humanas, cuando el poder comienza a ejercer en ellos el mágico influjo de sus designios. No existe gobierno capaz de dominar ese ansia, ni régimen que logre desterrar de todos sus integrantes la corrupción a la cual el poder nos somete, pues si solo un hombre sucumbe ante esto, todo el movimiento será a la postre corrompido. No ha encontrado la humanidad, hasta la fecha, forma de lograr emanciparse de este mal. No ha habido palabra ni castigo que consiguiera sacar de sobre los gobiernos del mundo el manto infame de la corrupción del poder.
 Podría concluirse por esto mismo, que la naturaleza humana es corrupta, y de allí la imposibilidad de liberación. Sin embargo, ello sería invertir el orden de los factores, para alterar el producto resultante; pues no hablamos aquí de la corrupción en sí, sino del poder que nos hace caer en ella. No es, de este modo, el hombre corrupto por naturaleza, sino que solo se corrompe al ostentar sobre sí el manejo del poder. Sin embargo, el concepto mismo de este principio, a pruebas vistas, inexorable; es de una consistencia tan subjetiva, que nos hace perder de vista el origen de su fundamentación.
 El poder corrompe. Pero, ¿qué es el poder? Si todos nacemos iguales, desnudos y en el llanto, necesitados de la leche materna para subsistir, indefensos ante las inclemencias de un mundo hostil a nuestra conformación de infante, ¿cómo puede ser que algunos hombres prevalezcan sobre otros en la manipulación de un poder sobre sus iguales?
 Es verdaderamente curioso, pero nos han enseñado, desde hace mucho tiempo que el poder corrompe, e, increíblemente, han olvidado explicarnos qué es el poder; para que podamos defendernos de él.

II
Partamos de una hipótesis, que no pretende veracidad científica, sino simplemente recurso argumentativo. Supongamos que, cuando el hombre aún no era el hombre, (desde un planteo evolucionista) se comportaba como un mamífero más sobre la tierra, y por ello su conducta social estaría estructurada como la de una manada; con sus hembras cuidando las crías, sus machos cazando o recolectando para todos, y, por supuesto, su macho dominante como líder. El líder es, por esta cuestión de la selección natural, quien se apareará con las hembras; su fortaleza física presupone en este planteo hipotético creado por Darwin, que las crías resultantes de este apareamiento tendrán más posibilidades de sobrevivir, que las resultantes del apareamiento con machos más débiles. El macho dominante es el más fuerte y mientras continúe siendo el más fuerte, seguirá rigiendo la manada; él comerá primero y mejor, y su vida será despreocupada.  Allí no hay corrupción posible porque, al profundizar en el concepto, notamos que ese aparente poder no es tal. El líder de la manada cumple una función específica dentro de la misma, como todos los demás, y sus atribuciones no son ni más ni menos que las del resto. Él es el encargado de la prole y para ello necesita el mejor alimento y el mayor ahorro de energía, pues en ello va la continuidad de la especie. Al mismo tiempo, no sería nada de él sin los cazadores ni las criadoras; cada uno cumple su función, y los conflictos que ocasionan su situación de macho dominante están dados, mayoritariamente, en la necesidad natural de los otros machos de aparearse también. Tal vez el sistema no sea noble ni bueno, pero es un sistema fundamentado en lo animal, es decir, en lo irracional y no puede pretenderse de él algo mejor o más justo.  
 Pero sucede que un día el hombre comienza a ser hombre, escucha dentro de sí la voz de la razón que le habla y comprende que debe separarse del resto de los animales y sus procedimientos. Mira a su manada y entiende que su reinado es finito, que un día sus fuerzas menguarán y otro macho, más joven le arrebatará el poder de aparearse condenándolo al destierro de la manada y a la muerte por inanición. Entonces piensa: “Tengo que hacer algo para evitarlo.”  Así junta a tres o cuatro machos fuertes y les dice: “Esto no puede seguir así, ustedes tienen derecho a algo mejor. Si cuando mi fuerza decline me siguen sosteniendo como líder de la manada, yo les permitiré ahora mismo aparearse con algunas hembras (viejas o estériles) y los dejaré comer primero de las sobras que yo deje.” Los otros tres o cuatro hombres fuertes, pero muy jóvenes aún para hacerles frente, aceptan el trato por considerarlo provechoso para ellos, y la evolución sigue su curso.  La manada deja de ser una sociedad donde cada uno cumple un rol específico compartiendo mutuamente los beneficios de ello, y pasa a transformarse, movido por los intereses de la posesión propia por sobre la común,  en un feudo, con rey, ejército, y plebe. La corrupción ha comenzado, porque el poder ha comenzado.
 El planteo es absolutamente ficcional, y podrá tachárselo de eso mismo en desmedro de la argumentación, sin embargo vale como ejemplo. Porque haya sido cómo haya sido la evolución de la sociedad humana, hubo un punto en el cual dicha sociedad entre los hombres dejó de ser tal, para ceder terreno a la explotación de los unos sobre los otros. Y en ese punto, corrupción y poder nacieron al unísono. No hay argumentación lógica que permita el sostenimiento del poder en unos pocos en desmedro de la mayoría, si esos pocos no han pactado beneficiarse entre ellos. Es decir, de la única manera que la sociedad pudo haber evolucionado en la forma que lo ha hecho, es con la connivencia constante y sistemática entre poder y corrupción.

III
 Pero bien, y volviendo al ejemplo antes citado, ¿por qué los tres o cuatro hombres jóvenes aceptaron la propuesta del macho dominante, y cual fue el recurso utilizado por este para convencerlos? Sencillamente algo que deseaban y no poseían, el derecho a aparearse. El poder nace de la posesión. Quien posee algo que el otro no posee, ostentará, a la postre, un poder sobre él. Y quien quiere alcanzar aquello que le es negado, buscará el poder para obtenerlo, aunque para alcanzarlo, deba corromper o corromperse. El poder y la corrupción están íntimamente ligados a esto. Siempre quien pretende el poder busca acceder a algo que no posee, y quienes se corrompen lo hacen para obtener algo de lo cual carecen. El acceso al poder se basa en la obtención de un algo; ya sean el enriquecimiento personal, o el mejoramiento de las condiciones sociales, y la corrupción (ya sea en relación al poder o no) también. Así podemos ver cómo antaño un príncipe conspiraba contra su rey, para llegar al trono; o, en épocas más recientes, cómo un candidato a la presidencia de un país accede a condicionamientos empresariales para financiar su campaña y ganar las elecciones. También, en esta estructura, cabe el ejemplo del líder revolucionario movilizando a la masa descontenta; o la del dictador golpeando la puerta de los cuarteles. Todo ascenso al poder, por los medios y las causas que fueran, se trata de un hombre o un grupo, intentando alcanzar algo de lo cual carecen. Y esto conlleva a que en torno a él, o ellos, se reúnan una pléyade de personajes con similares anhelos; quizá no en tanto de ascensión al poder, pero si en tanto de obtener, merced a su cargo o posición, algo de lo cual carecen.
 De esta forma, si continuáramos en el tiempo el ejemplo del macho dominante y su ejército, veríamos que no pasaría mucho para que uno de los subalternos se reuniera con los otros y susurrara a sus oídos: “¿Por qué tenemos que conformarnos con estas hembras viejas y estériles, y con la comida que él desecha? Nosotros unidos podríamos vencerlo y repartirnos aquello que él posee.” Y hecho esto, no pasará mucho más sin que comiencen a rivalizar entre ellos mismos por la parte del otro. Pues es condición general del hombre mejorar su situación, o incrementar sus posesiones. Y así llegamos a un estamento más sutil de esta construcción argumental: Las posesiones.

IV
 Si a un hombre le falta algo (Apartando de esta argumentación los recursos básicos para la supervivencia) es por dos razones, una por contrastarlo con aquello que posee, y otra es por ver que alguien más lo tiene. Si todos tuviéramos lo mismo seguramente no notaríamos qué es aquello que nos falta, y si ninguno tuviera nada, entonces nada nos faltaría. Las sociedades actuales han logrado convencer al ser humano que necesita muchas más cosas de las que en verdad le son necesarias. Sin embargo, hemos llegado a un punto como sociedad, en el cual prescindir de ellas se hace muy difícil, por no decir imposible. La vida actual, con toda su parafernalia electrónica y sobreexposición publicitaria, ha conducido al hombre y a la mujer de hoy a creer que no es concebible la existencia sin telefonía celular o acceso a Internet. Los individuos de las sociedades modernas han aprendido a relacionarse mucho más en redes virtuales que en el cara a cara; y  el número de posesiones del hombre y la mujer promedio, suele superar por mucho aquello que le es en verdad necesario, o, incluso, útil. De este modo, el individuo de hoy está dividido en dos clases; los que tienen de más sin saberlo y los que no tienen nada sin poder evitarlo. Más allá de esto, la firme sensación de incompletud que el consumismo exacerbado trae aparejado para poder funcionar, nos impulsa constantemente a desear todo aquello que se nos ofrece por los medios publicitarios. Es condición sine qua non de las actuales sociedades, que el individuo se sienta incompleto, para llenar ese vacío con la pulsión de consumir. Y esta tendencia desenfrenada por el consumo, es, además de muchas otras cosas, extremadamente funcional a la corrupción. Pues cuanto más necesidad de posesiones tenga una persona, más limitado a alcanzarlas se verá, y más factible de corromperse será, con tal de acceder a ellas. Incluso actualmente se ha llegado al nivel de poder corromper o someter al individuo, no solo para alcanzar aquello que no posee, sino para no perder aquello que ya alcanzó.
En la edad media, o incluso en las primeras décadas de la revolución industrial, el ser humano se corrompía por hambre. Los poderosos mantenían al pueblo al borde de la inanición para conseguir de ellos mano de obra casi esclava. Sin embargo aprendieron con los años que en esos mismos hambrientos había una fuerza mucho más redituable que la simple y llana mano de obra, y esta fuerza era el consumo. Entonces se cambió el hambre por la necesidad de cosas superfluas e innecesarias. Y ahora el ser humano ya no está esclavizado a cambio de un mendrugo de pan que le permita mantenerse con vida, sino para acceder a todo aquello que le hicieron considerar indispensable para vivir.
 A pesar de esto, no se plantea aquí ningún retroceso en el nivel de vida medio de la población, (Aun considerando muchas de las posesiones de la vida moderna como superfluas o innecesarias, ellas ya son derechos adquiridos de los ciudadanos, y por ende son irrenunciables) sino que solo se busca desenmarañar el intrincado y corrupto ovillo del poder. El combatir las posesiones como forma de combatir la corrupción del poder, es perder la lucha antes de comenzarla, y no es sensato transitar ese camino. Si nos han asegurado que necesitamos todas estas cosas para vivir, entonces ahora nos corresponden por derecho. Llevan siglos educándonos en el consumo creyendo que con el estómago más o menos lleno seríamos más fáciles de manipular, y de hecho lo somos; sin embargo la increíble industria devenida de ello, a logrado conectar a todas las fuerzas de las distintas sociedades de tal modo, que el cooperativismo es ya como una fruta madura que espera ser cosechada.

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